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viernes, 22 de mayo de 2015

AFRODITA O VENUS La Diosa del Amor.

AFRODITA O VENUS
ANTONIO FCO. RODRÍGUEZ ALVARADO

“Cantaré a la bella Afrodita, la de la corona de oro, la diosa venerada que tiene por suyos todos los lugares altos de Chipre, la isla marina donde el soplo poderoso del húmedo Céfiro la llevó, sobre las olas de la mar mugiente, por la blanda espuma: Las horas de diadema de oro la acogieron con gozo, y le dieron vestidos inmortales”.
Himno homérico a Afrodita.

   

El nacimiento de Venus de Sandro Botticelli 1484

     Refiere Hesíodo en su Teogonía que la primera pareja primigenia fueron Gea (Tierra) y Urano (Cielo), padres de los Titanes y de la Titánidas, y de muchos más seres. Gea cansada de tanta gravidez convenció a su hijo Cronos para que la vengara. Así que una noche que Urano buscó a Gea para embarazarla, Cronos, que estaba al acecho, le cortó los testículos a su padre y los lanzó al espacio. La sangre del dios herido cayó en lluvia sobre la tierra y el mar, donde engendró otras divinidades. De la sangre mezclada con semen, que cayó sobre el mar, brotó una espuma blanca de la cual salió Afrodita  (Espuma), y la primera tierra que sus plantas pisaron fue la de Citeres, y luego fue a la isla de Chipre (Cyprus), que desde entonces quedó particularmente dedicada a su culto. Por su origen era sin duda una divinidad oriental (la Astarté de los fenicios o Ishtar de los mesopotámicos), en la que estaba personificada la fuerza creadora y fecundante de la naturaleza, pero los griegos la concibieron como una diosa de la belleza y del amor. Por haber nacido del mar, se consideró una deidad propicia a los navíos y a los navegantes, que reinaba sobre los vientos y las olas, y deparaba a los barcos que la imploraban una tranquila y feliz travesía.

Nacimiento de Venus. Alexandre Cabanel

     Los poetas pintaron a Afrodita como la más bella y hechicera de todas las diosas, a cuyos encantos no podía resistir voluntad alguna, hasta las fieras de la selva sucumbían a sus encantos y se acercaban a lamerle los pies como mansos corderillos.

     Además de ser la más perfecta belleza femenina, dotada de todos los hechizos del amor, poseía un cinturón  maravilloso que hacía más irresistible el poder de su belleza. La diosa Juno queriendo agradar a Júpiter le pidió prestado el cinturón, saliendo bien de su empresa.


Ares escondido en la recámara de Hefesto. Tintoretto

     La diosa no se limita a encender el amor en los pechos ajenos, sino que ella misma arde en inextinguibles ansias amorosas. Prueba de ello son sus múltiples relaciones con dioses o con hombres que supieron merecer sus favores. Fue esposa de Hefesto (Vulcano) del cual no tuvo descendencia, en cambio tuvo de sus amores ilícitos con Ares (Marte) a Eros y Anteros, y acaso también a Deimos y Fobos. Con Hermes tuvo a Hermafrodito, y  con Anquises tuvo al héroe troyano Eneas.



Venus, Marte y Cupido (Eros). Tiziano

              Anquises. Príncipe troyano que guardaba sus rebaños en el Ida, Afrodita sintió un día una viva pasión por él. Para hacerse amar, se le acercó fingiendo ser la hija del rey de Frigia y haber sido raptada y dejada en la montaña por Hermes. Anquises quedó turbado por su belleza y la amó. Entonces, ella le reveló quien era y dijo que le daría un hijo que tendría un altísimo destino, ese hijo había de ser Eneas. Pero prohibió a Anquises que dijera a nadie sus amores. Anquises, en una fiesta, después de beber, no pudo guardar su secreto. Zeus le castigó, bien fuera dejándole cojo, bien fuera quitándole la vista.
Venus y Anquises. Annibali Carracci

     Adonis (mi Señor). Producto del amor incestuoso de Mirra (Esmirna) con su padre Ciniras, rey de Chipre. Ella metamorfoseada en árbol, da a luz a un niño de radiante belleza. Afrodita le recoge, lo lleva al  Hades, y le confía a Perséfone, que se prenda de él y rehúsa devolverlo. Para cortar la querella de las diosas, Zeus decide que Adonis pasará la tercera parte del año junto a Afrodita, otra tercera parte junto a Perséfone, y dispondrá a su gusto el resto del tiempo. Adonis decide dar esos cuatro meses a Afrodita.


Venus y Adonis. Tiziano.

     Amó tiernamente a Adonis, y cuando éste es muerto en una cacería por los colmillos de un jabalí, ella suplica a  Zeus,  para que devuelva la vida a su amado. Zeus concede que Adonis pase una parte del año en el tenebroso reino de las sombras, el Hades, y el restaste viva en el mundo superior. La hirsuta alimaña que quita la vida a Adonis simboliza, sin lugar a dudas, el gélido invierno, ante cuyo  helado hálito se marchita toda vida en la naturaleza. El núcleo del mito: no es sino la imagen de la muerte de la Naturaleza en el otoño y su resurrección en primavera.


Venus dormida. Giorgione 

     La diosa está presta a ayudar a los amantes en desgracia, como cuando ayudó a Peleo para que éste pudiera gozar de Tetis. Por el contrario, castiga, y a veces sin compasión, a los presuntuosos que osan resistir a su poder. Buen ejemplo de ello es la leyenda del príncipe ateniense Hipólito, cuya desgracia fue el amor que mal de su grado supo inspirar a su madrasta Fedra, y el mito del hermoso Narciso, que, habiendo despreciado el amor de la ninfa Eco, fue castigado por la diosa con una imposible pasión por su propio cuerpo, narcisismo. Castigo a las mujeres de Lemnos, que no la adoraban, afligiéndolas con un olor insoportable. Las lemnianas tuvieron que matar a todos los hombres que les habían sido infieles a consecuencia de esa maldición. Muy bello, por lo contrario, el gesto que tuvo de darle vida a la estatua de una hermosa mujer  que esculpió Pigmalión, de la cual él acabó  enamorado.

     Los filósofos griegos razonaron mucho sobre la naturaleza de Afrodita, y distinguieron, con Platón, dos diosas, una uraniana (“celeste”), diosa del amor puro, y la otra pandemiana (“popular”), que patrocinaba los amores vulgares.
Juicio de París. Rubens

     El célebre juicio de París. Un día, la Discordia (Eris) había lanzado en el Olimpo, durante la asamblea de los dioses, una manzana destinada a ser entregada “a la más bella”. Tres diosas aspiraron ese título. Zeus hizo que las llevara Hermes a la montaña de Tróada, donde uno de los hijos de Príamo, París guardaba sus rebaños. Afrodita era cabalmente el prototipo de la belleza femenina. desde sus cabellos dorados hasta sus pies, comparables a la plata, todo era en ella armonía y encanto. Cierto que Hera y Atenea eran también muy hermosas; pero la altiva belleza de la primera imponía respeto, y la severa hermosura de la segunda paralizaba el deseo. En cambio, de Afrodita emanaba una irresistible seducción. A una perfección de líneas y rasgos añadía una gracia suave, que atraía y subyugaba. "En su rostro afable había siempre una amable sonrisa". Y cada cual trató de persuadir a su juez para que decidiera a su favor. Hera le ofreció la realeza universal; Atenea, hacerle invencible en la guerra; mientras que Afrodita le prometía solamente la mano de Helena, la más bella de todas las mortales. Ella fue la elegida. Se afirma también que se desnudó para revelar al joven su perfecta anatomía. Así pues, es Afrodita quien está en el origen de la guerra de Troya, y, durante todo el sitio de la ciudad, protegió a París, arrancándole del peligro en su duelo con Menelao. Igualmente, salvo a Eneas en el momento en que Diomedes iba a matarle. Tras la caída de la ciudad, aseguró la supervivencia de la raza troyana permitiendo a Eneas escaparse llevando sobre sus espaldas a Anquises.


La Venus del espejo. Velázquez

     Los romanos le dieron el nombre de Venus, cuyo significado es el deseo amoroso. Diosa del placer y la alegría. Después de haber sido equiparada a la griega Afrodita, su papel fue reduciéndose cada vez más al de una simple diosa del deseo físico y del amor sexual. Había en Roma tres santuarios principales de Venus, a saber, el de la Murcia, el de la Cloacina y el de la Libitina. El primero de estos nombres la designa como diosa de los mirtos (el mirto era un símbolo del amor casto); el templo se levantaba en las faldas del Aventino. El templo de la Cloacina fue construido en memoria de la reconciliación entre romanos y sabinos después del conocido rapto que los primeros hicieron de las mujeres y muchachas de los segundos. Finalmente, el nombre Libitina designa a Venus como diosa funeraria, pues en aquel santuario se guardaba todo lo necesario para unas exequias, y los sirvientes del templo eran los empleados oficiales de las pompas fúnebres romanas.


La toilette de Venus. William Bouguereau

     Los atributos de Venus son de lo más variado que quepa, según la concepción de la diosa que en cada caso predomine. Entre los animales le son particularmente sagrados la paloma, el gorrión y el delfín, entre las flores y plantas, el mirto, la rosa, la manzana, la amapola y el tilo.



ODAS, PÍNCELES Y CÍNCELES

Venus de Gnido

     Innumerables odas se le dispensaron en la época homérica. Fue, al parecer, la diosa más pintada por los grandes artistas como Botticelli, Tintoretto, Tiziano, Giogione, Rubens, Velázquez, Cabanel, Carracci y Bouguereau, entre otros. Es bien conocida la preferencia que demostró el arte antiguo por representar en imagen a Afrodita o Venus. Fueron sobre todo los maestros de la nueva escuela ática quienes demostraban una especial preferencia por las figuras de dioses jóvenes y hermosos, en los que menos chocante podía aparecer el desnudo. La Venus de Gnido, de Praxíteles, que se despoja de sus ropas para entrar en el baño, marcó la regla a partir de aquel momento, exceptuando las imágenes religiosas de los templos, del desnudo para las estatuas de Venus y divinidades afines. La más famosa de todas y la de mérito artístico más excelso es la estatua descubierta en 1820 en la isla de Melos (Milo), hoy en el Louvre de París, de tamaño mayor que la natural, muestra sólo desnuda la parte superior de su cuerpo, mientras la inferior, a partir de las caderas, está medio cubierta por una tela muy ligera. No se sabe que admirar más en esta maravillosa estatua, si la sublime expresión de la cabeza o la encantadora plenitud y bello equilibrio de todos los miembros. Habiendo desaparecido totalmente los brazos, no es posible saber con certeza cuál era la actitud de la diosa. Se supone que con la mano izquierda, que tenía levantada, sostenía o bien una manzana (símbolo de la isla de Melos) o el escudo de bronce del dios Ares (Marte). En sus rasgos se refleja una serena y orgullosa confianza.


Venus de Milo

         


BIBLIOGRAFÍA

Mitología Universal Ilustrada. Dioses. Héroes. Leyendas. Supersticiones. J. G. Noguín. Segunda edición abril 1957. Joaquín Gil-Editor. Buenos Aires.

Mitología Clásica Ilustrada. Otto Seemann. Segunda edición marzo 1960. Vergara Editorial, Barcelona.

Mitología General. Félix Guirand. Primera edición 1960. Reimpresión 1962. Editorial Labor, S. A. Barcelona, España.

Mitologías, del Mediterráneo al Ganges. Pierre Grimal. Editorial Larousse. Octubre 1966. Barcelona España.


Diccionario Universal de Mitología. Roy Willis. Primera edición enero 2003. Grupo Editorial Tomo, S. A. de C. V. México, D. F.




miércoles, 13 de mayo de 2015

PAQUE O GUAPAQUE

PAQUE O GUAPAQUE
ANTONIO FCO. RODRÍGUEZ ALVARADO
  


       Árbol nativo  de México, se extiende hasta Perú y Brasil. En México se restringe a la vertiente del Golfo, desde la zona de los Tuxtlas y el sur de Veracruz, hasta el sur de Tabasco, norte de Chiapas y el extremo sur de Campeche. Y en el Pacífico en Oaxaca y Chiapas.


     Crece en las selvas perennifolias y vegetación secundaria en etapa avanzada. A una altitud de 0 a 400 m.


     Generalmente se asocia con especies tales como el sombrerete (Terminalia amazonia), Palo de barí (Calophyllum brasiliense), y sabino (Guatteria anomala).

     En México, se conoce como huapaque en tabasco;  como palo de lacandón, tamarindillo y con el nombre maya de wäch´ en la selva lacandona de Chiapas; paque o paquis en Veracruz; paqui en Oaxaca, y tamarindo silvestre en Yucatán.

     Paqui o paque se considera un nombre pipil. Y guapaque proviene del náhuatl uapactic, duro, endurecido, rudo, firme. Debido a la dureza de su madera.

     Los frutos son vainas globosas de 1 a 2 cm de largo, con la cáscara suave y quebradiza, con pulpa pastosa de color café tostada, de sabor agridulce, similar al tamarindo; contiene una semilla de color café brillante, de forma arriñonada y comprimida de 5 mm de largo. Los frutos maduran de marzo a junio. La pulpa es rica en vitamina C, se consume en fresco o en dulce. Muy rico el dulce preparado en Tabasco. En la parte oriental del África, se registra una especie similar Dialium guineense, en donde sus hojas se consumen como alimento en la época seca.

Nombre común
PAQUE
Familia
FABACEAE
Nombre científico
Dialium guianense (Aubl.) Sandwith

Sinonimias
Arouna guianensis Aubl.
Aruna divaricata Willd.
Dialium acuminatum Spruce ex L. Williams
Dialium divaricatum Vahl
Dialium guianense (Aubl.) Steud.

     El árbol alcanza una altura de 6 a 45 y un diámetro máximo de 150 cm, generalmente mide de 20 a 30 m de alto y diámetros de 30 a 65 cm. El tronco es derecho con contrafuertes delgados, altos y retorcidos en la base, de 0.5 a 1.8 m de alto y se forman de 4 a 7 contrafuertes por árbol. La copa del árbol es redondeada, densa y con ramas ascendentes.

     La corteza es lisa de color gris oscuro a gris muy claro, con marcas oscuras en hileras transversales y longitudinales, le dan una apariencia granulosa.


     Las hojas se insertan en espiral, son compuestas, formada de hojas secundarias. En conjunto alcanzan una longitud de 5 a 16 cm, incluyendo la rama basal de la hoja, se forman de 3 a 7 hileras de hojas secundarias o foliolos; la punta se afina desde la parte media, la parte que se inserta a la parte central de la hoja o raquis es más ancha, el margen es entero, sin bordes. Esta especie cambia totalmente su follaje en septiembre, época en que florecen. Las flores se conforman en racimos terminales de 4 a 10 cm de largo, están perfumadas con forma irregular, son pequeñas de color verde amarillentas, de 5 a 6 mm. Florece de agosto a septiembre.


     La madera la emplean para leña y cercas de casa habitación y corrales para ganado.

     Así como para la fabricación de mangos para herramientas, durmientes de ferrocarril o para construcciones pesadas.

     También la utilizan como troza resistente para puentes pequeños, de cruce de arroyos, palo del molino manual, donde muelen maíz.  Como medicinal la madera se utiliza para dolor de dientes y las hojas para diarrea o ungüento oftálmico.




   Bibliografía. G, Vargas Simón, et al. Universidad Juárez Autónoma de Tabasco. 2003.

  Especies Forestales de uso Tradicional del Estado de Veracruz.

   Internet.


miércoles, 29 de abril de 2015

LA LAGUNA ENCANTADA Tomás Uscanga Constantino

LA LAGUNA ENCANTADA
(LA LAGUNA DE NIXTAMALAPAN)
TOMÁS USCANGA CONSTANTINO
Imagen tomada de Internet

AHÍ LA ve usté, a un ladito del camino a Playa Azul, hundida en un foso como de misterio, ¡amarilla amarilla! Unos dicen que porque la Virgen del Carmen ahí bajaba a lavar su nixtamal, por eso la llaman también laguna de Nixtamalapan; otros dicen que la Virgen venía a bañarse y por eso dejó la laguna toda pintada con el resplandor dorado de su divinidá. Porque eso sí, la ve usté y queda como hechizado, como atontado, por eso dicen que el que la ve una vez tiene que volver a ver. A mí me pasó. `Taba yo chamaco cuando mi difunto apá me llevó montado en su caballo por esos caminos. Se apeó de la bestia, me cargó a pilonchi y me dijo: mira, hijo, esta es la laguna encantada, aquí es donde se viene a bañar la Santísima Virgen, por eso la ves así, tan escondida y tan amarilla. Nunca se te vaya a ocurrir venir aquí solito. Porque esta es un hervidero de chaneques que le cuidan el lugarcito a la Virgen y que, si te descuidas, te atrapan y te pierden pa´ siempre. Me entró un frío en todo el cuerpo y se me enchinó el pellejo del miedo por lo que me dijo mi apá; pero no jue sólo eso, jue que me quedé viendo la laguna y ella solita me espantó, se me clavó en los ojos como una espina desas que cuenta trabajo sacarse del pellejo. Era como una mancha de soledá, rodeada de las sombras del monte, y desde fondo sentí que una voz me llamaba pidiéndome que bajara, que me quedara ahí, porque ese lugar algo tenía que ver con la sustancia de mi interioridá. Mi espanto fue tan fuerte que me agarró obradera y andaba como palo blanco chupado por el nagual. Me tuvieron que llevar con Tío Tabiano pa´que me curara de espanto y él, después de la limpia. Le dio a mi difunta amá las instrucciones de lo que tenía que hacer. Todos los días mi apá me ponía en la frente su paliacate rojo lleno de sudor, y después de una semana mi amá me llevo a la laguna grande, ahí donde forma su desembocadura y se vuelve río; ahí había un puente viejo que hasta miedo daba pararse ahí, parecía que se iba a destartalar… pos ahí me llevó mi amá con una flor roja y me dijo que la tirara mero donde se forma la corriente. La tiré, y vi cómo el remolino le dio vueltas primero y después la jue arrastrando hasta que la perdí de vista. “Ahí se va tu enfermedá, hijo- dijo mi amá- ya estás bueno y sano”.

     Antes de regresar, me quedé viendo la laguna grande, esa inmensidá como de plata, brillante y metálica como lámina de zinc, y volví a sentir la misma voz, el mismo llamado que en la laguna encantada. Mi amá me apretó la mano y regresamos a la casa apurados, porque ella tenía que seguir con su quihacer.

     Ya le digo a usté. Eso me pasó a mí en la laguna encantada; bueno, mejor decir en las lagunas, porque aquí hay varias. Está también, la de Asmolapan, hundida en un foso también, verde como el jade… y todas son encantadas…las ve usté y ahí se queda, como atrapado por una red invisible… y las ve y las ve, y no las quiere usté dejar de ver nunca…


     Después de eso que le cuento a usté que me pasó de chamaco, muchas veces seguí diendo solito a ver las lagunas, principalmente la grande, que yo digo que es como la mera cuna del pueblo. Desde muchacho empecé a perderle el miedo a los chaneques, pero a lo que sí nunca le he perdido el miedo es a la laguna, a esa forma que tiene de mirarme, de llamarme, y yo la sigo y la sigo, y cuando me doy cuenta ya ando perdido quién sabe por dónde. Por eso en mi poco entender, cuando me pongo a cavilar, me digo que los chaneques los trai uno a adentro –bueno, los que somos de aquí- y uno solito se pierde viendo tanta cosa bonita que hay por acá, ¿no cree usté?


OJOXAPAN Y EL OJOCHI, OX O RAMÓN

OJOXAPAN Y EL OJOCHI O RAMÓN
ANTONIO FCO RODRÍGUEZ ALVARADO

Foto de Alma Michelle Mixtega Lucho

     Ojoxapan u Ojochapan. De Oxoxapan a su vez del náhuatl oxox, pretérito de xoxa, hechizar, encantar, observar a alguien + a(tl), agua + pan, en, sobre, encima: “Río encantado”. En caso de ser Ojochapan, el nombre procede del árbol de ojochi + a(tl), agua + pan, en, sobre: “Río de los ojochi”. Localidad a la ribera del lago de Catemaco, a 10 km al E de la cabecera municipal, entre Coyame y Tebanca.



     Ojochi, ojoche, ojite o Ramón. Árbol de la vertiente atlántica de México y Centroamérica, de la familia de las Moráceas (Brosimum alicastrum, Sw.), de hasta 30 m de altura, de corteza lisa y coloración gris tenue, flores de color blanco grisáceo, y frutos globosos amarillos o anaranjados de 15-20 mm con semillas que hervidas o medio sancochadas y endulzadas con miel o a manera de tortillas son comestibles, galactógenas, con sabor parecido a la papa. Los mayas la consumían en tiempo de escasez alimentaria. Su follaje se utiliza como forraje. Se utiliza la madera en la construcción y en muebles. Es conocido también como nazareno. || Según Leovigildo Islas (1961) en algunos lugares del Noroeste, se muele su fruto con el nixtamal para mejorar el sabor y el olor y aumentar las propiedades nutritivas de las tortillas. En el Sureste le dan el nombre maya de ox; en otros lugares, particularmente en el Occidente, apomo o capomo. || En popoluca es llamado mojcújy (palo de ojoche).





     El doctor Alfonso Larqué Saavedra titular del Parque de Investigación Científica de Yucatán y miembro de la Academia Mexicana de Ciencias (AMC) refiere que el árbol ramón florea dos veces al año; las semillas son fuente de alimento de gran número de animales en las selvas, desde murciélagos hasta jabalíes. Las semillas son ricas en fibra, calcio, potasio, ácido fólico, vitaminas A, B y C, así como en triptófano, un relajante natural.
Fotos del árbol tomadas de Internet


     EXTRAÍDO DE MI LIBRO LOS TUXTLAS NOMBRES GEOGRÁFICOS PIPIL, NÁHUATL, TAÍNO Y POPOLUCA.ANALOGÍA CON LA COSMOLOGÍA DE LAS CULTURAS MESOAMERICANAS INCLUYE DICCIONARIO DE LOCALISMOS Y MEXICANISMOS.






sábado, 25 de abril de 2015

COMPADRE ALEGRE Jorge Caretta Salas

COMPADRE  ALEGRE
JORGE CARETTA SALAS
Foto de Internet

     Desde fuera del solar, Aniceto, con voz potente gritó:

     - ¡Buenos días!  ¡Bueeenos días compadres!  ¡Bueeenos días!

     El compadre Aniceto no se desanimó al no escuchar respuesta a su saludo.  Oyó, eso sí, el ladrido  del viejo perro que solo servía para avisar que alguien estaba en el zaguán tratando de que oyeran sus gritos y le abrieran.  - ¡En fin!- Ya era un perro muy viejo, casi ciego. Sus ladridos no amedrentaban ni a las gallinas del corral. Ya se le escuchaban, aún a distancia, el ruido producido en sus cuerdas vocales semejando al “ronquido chillador” en el pecho de un niño asmático.
Imagen Internet

     Aniceto oyó el levantar la aldaba de hierro que “atrancaba”  la puerta de la casa pero tuvo que esperar, paciente,  a que la comadre Chole lo invitara a entrar. Después de todo, Él era un hombre  bien educado, de buenas costumbres y sabía que no podía entrar  a la casa de sus compadres, solo y a esas horas, tan temprano de la mañana, sin comprometer  a su comadre a  los chismes y habladurías de los vecinos.

      -¡Pase, compadre!-  Oyó decir a Chole.  ¡Perdone usted que no vaya rápido  a abrirle la puerta porque estoy atendiendo a su compadre Melesio que se encuentra muy enfermito!  ¡Pase compadrito!   ¡Con confianza!  ¡Ya sabe usted que ésta es su casa! 

     Aniceto  entró a la habitación.  Le llegó a su nariz,  el “tufo” de remedios caseros, de sudor agrio y de comida descompuesta.  -No hizo caso-. Sabía, por boca de su mujer, que su compadre Melesio tenía varios días de estar enfermo de “¿quién sabe qué enfermedad?”  Le habían dicho que ya estaba “en las últimas”, casi entregando el equipo y por lo tanto, acordándose, como buen cristiano, de las obras de misericordia, decidió hacer uso de una de ellas: ¡Visitar a los enfermos!

     La comadre Chole, “hablantina como sólo ella podía serlo”, le dijo:   ¿Por qué no vino la comadre?   Le hubiera dado mucho gusto a mi marido el verla, aunque fuera por última vez.

     - ¡Ay compadrito!-  ¡Qué desgracia!  Ya mi viejo casi ni resuella.  Está muy débil y ya no acepta ni la comida ni los medicamentos que  le recetó el médico.

     Aniceto escuchó tristemente a su comadre.  No creía que estuviera tan grave su compadrito  Melesio, su compañero de juegos, de aventuras, de trabajo y por qué no decirlo, su fiel compañero de parrandas. Miró hacía el camastro de varas donde yacía y se espantó del aspecto físico de su compadrito enfermo. Era el puro esqueleto. Sus ojos semi cerrados parecían huevos cocidos, sin brillo alguno. Lo que sí no pasó inadvertido fueron los ayees que profería el enfermo, lentos, roncos, que hacían, al escucharlos, que se le “enchinara el pellejo”.
Imagen de Internet

     Acompañado de Chole, se acercó hasta el camastro.  El enfermo, como una estatua, tal vez presintió la presencia de ambos., entreabrió más sus ojos y un ronco quejido se escapó de su boca:   ¡Ayyyyy!   ¡Ayyyyy! Trató de mover su cuerpo  pero su esfuerzo fue inútil. Sus labios resecos estaban agrietados. El esfuerzo al tratar de moverlos produjo un hilillo de sangre espesa y renegrida.  Repitió el Ayee, en realidad muy poco audible y dejó a Aniceto confundido, inquieto, incómodo ante los ojos de su comadre Chole.

     Volvió a mirar a su compadre y en ése momento, recordó lo mucho que lo había querido.  Se acordó de  aquellos lejanos días, cuando de niños, jugaban en el recreo, a los encantados, al burro, a la quemada, a las canicas. Cuando se escapaban de la escuela para irse a bañar a las aguas heladas del arroyo y las “chorreras”, a elevar papalotes. Vino a su memoria dejando que apareciera una sonrisa espontánea  en los labios, cuando juntos, enamoraron a sus mujeres, Cuando ya casados, se hicieron compadres “apadrinando a sus primeros hijos”.

     Cómo no recordar sus francachelas en las ferias del pueblo, sus aventuras en las cantinas y sobre todo, cuando juntos se fueron de “mojados” a Texas. ¡Como sufrieron allá!   Cuando se regresaron al pueblo por la nostalgia y porque  la “Migra” los retachó a México.





          Al parecer, los recuerdos aflojaron sus ojos y, al mirar el estado deplorable de su compadre, gruesas lágrimas rodaron de sus mejillas. Se sonó sonoramente la nariz  y. como un estallido en su cerebro, le llegó un deseo,  ¡Que su compadre muriera, si es que iba a morir, gozando!

     Miró al moribundo y le dijo, con voz fuerte y áspera:

     - ¡Melesio! ¡Compadre!  ¡No te estés haciendo pendejo!  ¡Levántate y vámonos a la cantina!  ¡Deja ya la pinche medicina que te está empeorando!  ¡Ya verás que con  unas copas y emborrachándote, te vas a sentir mejor!

     Melesio, agónico, ni lo peló.

     Luego, dirigiéndose  a Chole, su comadre,  le dijo:   - ¡Comadre!-   ¡Vamos a vestir a mi compadre!  Tráigale su ropa nueva  porque  ahorita, “en menos de lo que canta un gallo” vestimos a mi compadre y me lo llevo a la cantina.

     - ¡Está loco compadre!-    ¡Mi viejo está muy malo!  ¡Como se lo quiere llevar a la cantina si apenas puede hablar el pobre!  Dijo Chole, alarmada.
Imagen de Internet

     -¡Usted traiga la ropa!   - ¡Mire!-   ¡Al parecer a mi compadre le gustó la idea pues ya abrió más los ojos!  ¡Ándele coño!   Yo le voy a ayudar a vestirlo.

     Incrédula y no muy convencida,  Chole trajo los pantalones nuevos y la  guayabera que “había mercado” a unos yucatecos en la feria del pueblo. La comadre, con mayor confianza por ser la mujer, le puso los calzoncillos. El enfermo al parecer no oponía ninguna resistencia, solo se le escapaba ocasionalmente un quejido.

     Así, sin grandes esfuerzos, entre los dos lograron ponerle los pantalones y la guayabera pero, al tratar de  calzarle los botines, les dio trabajo. En ése momento de dificultad, oyeron  un prolongado quejido del enfermo y Chole, espantada, le dijo a su compadre:

     -¡Compadre!  ¡Se lo dije!  ¡Mire!  ¡Mi viejo ya no respira!  ¡Ya se nos murió!

     Melesio, asombrado, se percató que efectivamente, su compadre estaba muerto pues ya no respiraba.  Se hizo a un  lado de la cama y Chole, a gritos, llorando le dijo:

      -  ¡Ya se dio cuenta, compadre!-  ¡Por su culpa!   ¡Yo bien se lo decía!  ¡Usted es el culpable!  ¡Pobre de mi viejo!

     Viejo matrero, Aniceto no quería aceptar su culpa y dijo a Chole:

     - ¡Comadre!  ¡Yo no puedo tener la culpa!  ¡Al contrario!  ¡Usted debe estar agradecida!

     - ¡Agradecida de qué compadre!  ¡Ahora sí que me salió “el tiro por la culata”!

     - ¡Pues debe agradecerme lo que hice por mi compadre y por usted! - ¡Mire!-  ¡Ya terminamos de vestirlo!  ¡Se imagina usted que trabajo hubiera costado vestirlo cuando estuviera muerto pues,  todos los muerto “se ponen tiesos”!  ¡Ya ve usted, a mi Compadrito, que aún está “fresquecito” y no se ha “entiesado”, le pudimos poner la ropa con la que lo vamos a velar hoy y lo vamos a enterrar mañana!



 Dr. Jorge Caretta Salas 
Junio diez del dos mil catorce


miércoles, 22 de abril de 2015

CALANDRINO… EL HOMBRE INVISIBLE Giovanni Boccaccio

CALANDRINO… EL HOMBRE INVISIBLE
Octava Jornada - Narración tercera
GIOVANNI BOCCACCIO

Calandrino, Bruno y Buffalmacco van por el Muñone abajo en busca del heliotropo, y Calandrino cree haberlo encontrado; se vuelve a casa cargado de piedras, la mujer le regaña y él, airado, la golpea, y a sus compañeros les cuenta lo que ellos saben mejor que él.
 

Terminada la historia de Pánfilo, con la que las señoras habían reído tanto que todavía se ríen, la reina a Elisa ordenó que siguiese; la cual, todavía riendo, comenzó:

-Yo no sé, amables señoras, si me será dado haceros con una historieta mía no menos verdadera que entretenida reír tanto cuanto os ha hecho Pánfilo con la suya, pero me esforzaré en ello. En nuestra ciudad, que siempre en maneras varias y en gentes extraordinarias ha sido abundante, hubo, no hace todavía mucho tiempo, un pintor llamado Calandrino, hombre simple y de costumbres bizarras, el cual la mayor parte del tiempo con otros dos pintores trataba, llamados el uno Bruno y el otro Buffalmacco, hombres muy bromistas pero por otra parte avisados y sagaces, los cuales trataban con Calandrino porque de sus maneras y de su simpleza con frecuencia gran fiesta hacían.

Había también en Florencia entonces un joven de maravillosa gracia y en todas las cosas que hacer quería hábil y afortunado, llamado Maso del Saggio, el cual, oyendo algunas cosas sobre la simpleza de Calandrino, se propuso divertirse de sus cosas haciéndole alguna burla o haciéndole creer alguna cosa extraordinaria; y por acaso encontrándolo un día en la iglesia de San Giovanni y viéndole estar atento mirando las pinturas y los bajorrelieves del tabernáculo que está sobre el altar de la iglesia, puesto no hacía mucho tiempo allí, pensó que le había llegado lugar y tiempo para su intención. E informando a un compañero suyo de aquello que entendía hacer, juntos se acercaron a donde Calandrino estaba sentado solo, y haciendo semblante de no verlo, juntos comenzaron a razonar sobre las virtudes de diversas piedras, de las que Maso hablaba tan autorizadamente como si hubiera sido un famoso y gran lapidario; a los cuales razonamientos dando oídos Calandrino y luego de un rato poniéndose en pie, viendo que no era secreto, se unió a ellos, lo que mucho agradó a Maso. El cual, siguiendo con sus palabras, fue preguntado por Calandrino que dónde estas piedras tan llenas de virtud se encontraban. Maso repuso que las más se encontraban en Berlinzonia, tierra de los vascos, en una comarca que se llamaba Bengodi en la que las vides se atan con longanizas y se tiene una oca por un dinero y un pato además, y había allí una montaña toda de queso parmesano rallado en lo alto de la que había gentes que nada hacían sino macarrones y raviolis y cocerlos en caldo de capones, y luego los arrojaban desde allí abajo, y quien más cogía más tenía; y allí al lado corría un arroyuelo de vernaza del mejor que puede beberse, sin una gota de agua mezclada.

-¡Oh! -dijo Calandrino-, ése es un buen país; pero dime, ¿qué hacen de los capones que ésos cuecen?

Repuso Maso:

-Todos se los comen los vascos.

Dijo entonces Calandrino:

-¿Has ido allí alguna vez?

A quien Maso respondió:

-¿Dices que si he estado? ¡Sí, así he estado una vez como mil!

Dijo entonces Calandrino:

-¿Y cuántas millas tiene?

-Tiene más de un millón cantando a pleno pulmón

Dijo Calandrino:

-Pues debe ser más allá de los Abruzzos.

-Ah, sí -dijo Maso-, así de nones.

El simple de Calandrino, viendo a Maso decir estas palabras con un rostro serio y sin reírse, les daba la fe que puede darse a la verdad más manifiesta, y por tan ciertas las tenía; y dijo:

-Demasiado lejos está de mis asuntos; pero si más cerca estuviese, sí te digo que iría una vez allí contigo para ver rodar a esos macarrones y darme un hartazgo de ellos. Pero dime, así seas feliz; ¿en estas comarcas no se encuentran ninguna de esas piedras maravillosas?

A quien Maso repuso:

-Si, dos clases de piedras se encuentran de grandísima virtud. La una son los pedruscos de Settignano y de Montisci por virtud de los cuales, cuando se hacen muelas, se hace la harina, y por ello se dice en los países de allá que de Dios vienen las gracias y de Montisci las piedras de molino; pero hay de estas piedras de amolar tan gran cantidad, que entre nosotros es poco apreciada, como entre ellos las esmeraldas, de las cuales hay allí una montaña mayor que Montemorello que relucen a la medianoche y vete con Dios; y sabe que quien puliera las muelas de molino y las hiciera engastar en anillos antes de que se las agujerease, y se las llevase al sultán, tendría lo que quisiera. La otra es una piedra que nosotros los lapidarios llamamos heliotropo, piedra de mucha mayor virtud, porque quien la lleve encima, mientras la tenga no es de ninguna otra persona visto donde no está.

Entonces Calandrino dijo:

-Grandes virtudes son éstas; ¿pero esa segunda dónde se encuentra?

A quien Maso repuso que en el Muñone se solía encontrar. Dijo Calandrino:

-¿De qué tamaño es esa piedra y qué color es el suyo?

Repuso Maso:

-Es de varios tamaños, que alguna es mayor, alguna menor; pero todas son de color casi como negro.

Calandrino, habiendo todas estas cosas advertido para sí, fingiendo tener otra cosa que hacer, se separó de Maso, y se propuso buscar esta piedra; pero deliberó no hacerlo sin que lo supiesen Bruno y Buffalmacco, a quienes especialísimamente amaba. Se dio, pues, a ir en su busca, para que sin dilación y antes de ningún otro fueran a buscarlas, y todo el resto de aquella mañana consumió buscándolos. Por último, siendo ya pasada la hora de nona, acordándose de que trabajaban en el monasterio de las señoras de Faenza, aunque el calor fuese grandísimo, dejando toda otra ocupación, casi corriendo se fue donde ellos, y llamándoles les dijo:

-Compañeros, si queréis creerme podemos convertirnos en los hombres más ricos de Florencia, porque le he oído a un hombre digno de fe que en el Muñone hay una piedra que quien la lleva encima no es visto de nadie; por lo que me parece que sin tardanza, antes que otra persona pueda ir, fuésemos a buscarla. Por cierto que la encontraremos, porque la conozco; y cuando la hayamos encontrado, ¿qué tendremos que hacer sino meterla en la escarcela e ir a las mesas de los cambistas, que sabéis que están siempre cargadas de monedas de plata y de florines, y coger cuantos queramos? Nadie nos verá: y así podremos enriquecernos súbitamente sin tener todo el santo día que embadurnar los muros del modo que lo hace el caracol.

Bruno y Buffalmacco, al oírle, empezaron a reírse por dentro; y mirándose el uno al otro pusieron cara de maravillarse mucho y alabaron la idea de Calandrino; pero preguntó Buffalmacco qué nombre tenía esta piedra. A Calandrino, que era de mollera dura, ya se le había ido el nombre de la cabeza; por lo que respondió:

-¿Qué nos importa el nombre, puesto que sabemos la virtud? Yo diría que fuésemos a buscarla sin más esperar.

-Pero bien -dijo Bruno-, ¿cómo es?

Calandrino dijo:

-Las hay de distintas formas, pero todas son casi negras; por lo que me parece que debemos coger todas aquellas que veamos negras, hasta que lleguemos a ella; así que no perdamos tiempo, vamos.

A quien Bruno dijo:

-Pero espera.

Y vuelto a Buffalmacco dijo:

-A mí me parece que Calandrino dice bien; pero no me parece que sea hora de ello porque el sol está alto y da dentro del Muñone y ha secado todas las piedras; por lo que tales de ellas parecen ahora blancas, algunas que hay allí, que por la mañana, antes de que el sol las haya secado, parecen negras; y además de ello, mucha gente por diversas razones hay hoy, que es día laborable, en el Muñone, que, al vernos, podrían adivinar lo que anduviéramos haciendo y tal vez hacerlo ellos también; y podría venir a sus manos y nosotros habríamos perdido el santo por la limosna. A mí me parece, si os parece a vosotros, que éste es asunto de hacer por la mañana, que se distinguen mejor las negras de las blancas, y en día festivo, que no habrá allí nadie que nos vea.

Buffalmacco alabó la opinión de Bruno, y Calandrino concordó con ellos, y decidieron que el domingo siguiente por la mañana irían los tres juntos a buscar aquella piedra; pero sobre todas las cosas les rogó Calandrino que con nadie en el mundo hablasen de aquello, porque a él se lo habían dicho en secreto. Y hablando esto, les contó lo que había oído de la comarca de Bengodi, con juramentos afirmando que era así. Cuando Calandrino se separó de ellos, lo que sobre este asunto iban a hacer lo arreglaron entre ellos. Calandrino esperó con ansiedad el domingo por la mañana; venida la cual, se levantó al salir el día y, llamando a sus compañeros, saliendo por la puerta de San Gallo y bajando al Muñone, comenzaron a andar por él abajo, buscando piedras. Calandrino iba, como más afanoso, delante y prestamente saltando ora aquí ora allí, donde alguna piedra negra veía se arrojaba y cogiéndola se la metía en el seno. Sus compañeros andaban detrás, y de vez en cuando una u otra cogían; pero Calandrino no había andado mucho camino cuando tuvo el regazo lleno; por lo que, alzándose las faldas del sayo, que no seguía la moda de Hainaut, y haciendo con ellas una amplia halda, habiéndolo sujetado bien con el cinturón por todas partes, no mucho después la llenó y semejantemente, después de algún rato, haciendo halda de la capa, la llenó de piedras. Por lo que, viendo Buffalmacco y Bruno que Calandrino estaba cargado y la hora de comer se avecinaba, según lo establecido entre ellos, dijo Bruno a Buffalmacco:

-¿Dónde está Calandrino?

Buffalmacco, que lo veía allí junto a ellos, volviéndose en torno, y mirando acá y allá, repuso:

-No lo sé, pero hasta hace un momento estaba aquí delante de nosotros.

Dijo Bruno:

-¡Que hace poco! Me parece estar seguro de que ahora está en casa almorzando y nos ha dejado a nosotros en el frenesí de andar buscando las piedras negras por el Muñone abajo.

-¡Ah!, qué bien ha hecho -dijo entonces Buffalmacco-, burlándose de nosotros y dejándonos aquí, ya que hemos sido tan tontos como para creerle. ¿Crees que habría alguien tan tonto como nosotros que hubiera creído que en el Muñone iba a encontrarse una piedra tan milagrosa?

Calandrino, al oír estas palabras, imaginó que aquella piedra había llegado a sus manos y que, por la virtud de ella misma, aunque estuviese él presente no lo veían. Contento, pues, sobremanera de tal suerte, sin decirles nada, pensó en volver a su casa; y volviendo sobre sus pasos, comenzó a irse. Viendo esto, Buffalmacco dijo a Bruno:

-¿Qué hacemos nosotros? ¿Por qué no nos vamos?

A quien Bruno respondió:

-Vámonos; pero juro a Dios que Calandrino no me hace ni una más; y si estuviese junto a él como lo he estado toda la mañana, le daría tal con este guijarro en el calcañar que se acordaría un mes de esta broma.

Y decir estas palabras y estirar el brazo y darle a Calandrino con el guijarro en el calcañar fue todo uno. Calandrino, sintiendo el dolor, levantó el pie y comenzó a resoplar, pero luego se calló y se fue. Buffalmacco, cogiendo uno de los guijos que recogido había, dijo a Bruno:

-¡Ah, mira el guijo: así le diese ahora mismo en los riñones a Calandrino!

Y, soltándolo, le dio con él un gran golpe en los riñones; y en resumen, de tal guisa, ahora con una palabra y ahora con otra, por el Muñone arriba hasta la puerta de San Gallo lo fueron lapidando. Allí, arrojando al suelo las piedras que habían recogido, un tanto se detuvieron con los guardias aduaneros, los cuales, primero informados por ellos, fingiendo no verlo, dejaron pasar a Calandrino con la mayor risa del mundo. El cual, sin pararse se vino a su casa, la cual estaba junto al Canto della Macina; y tan favorable le fue la fortuna a la burla que mientras Calandrino por el río se venía y luego por la ciudad, nadie le dirigió la palabra, ya que encontró a pocos porque todos estaban almorzando. Entró, así pues, Calandrino, tan cargado, en su casa. Estaba por acaso su mujer (que tenía por nombre doña Tessa), mujer hermosa y valerosa, arriba de la escalera, y un tanto enojada por su larga demora, y viéndolo venir comenzó a decirle con reproches:

-¡Ya, hermano, te trae el diablo! Todo el mundo ha comido ya cuando tú vienes a comer.

Lo que oyendo Calandrino y viendo que lo veía, lleno de amargura y de dolor comenzó a gritar:

-¡Ay!, mala mujer, pues eres tú, me has arruinado; pero por Dios que me las pagarás.

Y subiendo a una salita y descargadas allí las muchas piedras que había recogido, furibundo corrió hacia su mujer y, cogiéndola por las trenzas, la tiró al suelo, y allí, cuanto pudo mover los brazos y las piernas tantos puñetazos y patadas le dio por todo el cuerpo, sin dejarle en la cabeza cabello o hueso encima que machacado no estuviese, nada valiéndole pedir merced con los brazos en cruz.

Buffalmacco y Bruno, luego de que con los guardianes de la puerta se hubieron reído un poco, con lento paso comenzaron un poco de lejos a seguir a Calandrino; y llegados junto a su puerta, sintieron la feroz paliza que a su mujer le daba, y fingiendo que llegaban entonces, le llamaron. Calandrino, todo sudado, rojo y cansado, se asomó a la ventana y les rogó que subiesen donde estaba él. Ellos, mostrándose un tanto enfadados, subieron arriba y vieron la sala llena de piedras, y en uno de los rincones a la mujer despeinada, toda lívida y golpeada en la cara, llorar dolorosamente; y por otra parte Calandrino, desceñido y jadeante a guisa de hombre cansado, sentado. Y luego de haber mirado un rato dijeron:

-¿Qué es esto, Calandrino? ¿Quieres hacer un muro, que te vemos con tantas piedras?

Y además de esto, añadieron:

-¿Y doña Tessa qué tiene? Parece que le has pegado; ¿qué novedades son éstas?

Calandrino, cansado por el peso de las piedras y por la rabia con que le había pegado a su mujer, y con el dolor de la fortuna que le parecía haber perdido, no podía reunir aliento para pronunciar enteras las palabras de su respuesta; por lo que, dándole tiempo, Buffalmacco recomenzó:

-Calandrino, si estabas airado por algo, no debías por ello escarnecernos a nosotros; que, luego de que nos indujiste a buscar contigo la piedra preciosa, sin decírselo a Dios ni al diablo nos dejaste como a dos cabrones en el Muñone y te viniste, lo que tenemos por muy gran maldad; pero por cierto que ésta va a ser la postrera que vas a hacernos.

A estas palabras, Calandrino, esforzándose, repuso:

-Compañeros, no os enfurezcáis: las cosas han sido de muy distinto modo del que pensabais. Yo, desventurado, había encontrado aquella piedra; ¿y queréis saber si digo verdad? Cuando primeramente os preguntasteis por mí el uno al otro, yo estaba a menos de diez brazos de vosotros, y viendo que os acercabais y no me veíais, me fui por delante de vosotros, y siguiendo un poco por delante siempre me he venido.

Y empezando por un extremo, hasta el final les contó lo que habían hecho y dicho ellos, y les mostró la espalda y los calcañares cómo los habían aderezado los guijarros, y luego siguió:

-Y os digo que, entrando por la puerta con todas estas piedras en el seno que aquí veis, nada me dijeron (que sabéis cuán desagradables y molestos suelen ser) los guardianes que quieren mirar todo, y además de esto, he encontrado por la calle a muchos de mis compadres y amigos, los cuales siempre suelen dirigirme algún saludo e invitarme a beber, y no hubo ni uno que me dijese media palabra, como quienes no me veían. Al final, llegando aquí a casa, este diablo de esta maldita mujer se me puso delante y me vio, porque, como sabéis, las mujeres hacen perder la virtud a todas las cosas; de lo que yo, que podía decirme el hombre más venturoso de Florencia, he quedado el más desventurado: y por ello le he pegado tanto cuanto he podido mover las manos y no sé qué me detiene en cortarle las venas, ¡que maldita sea la hora en que primero la vi y cuando vino a esta casa!


Y encendiéndose de nuevo en ira, quería levantarse para volver a pegarle de nuevo. Buffalmacco y Bruno, oyendo estas cosas, ponían cara de maravillarse mucho y con frecuencia confirmaban lo que Calandrino decía, y sentían tan grandes ganas de reír que casi estallaban; pero viéndole furioso levantarse para pegar otra vez a su mujer, saliendo a su encuentro lo retuvieron diciéndole que de estas cosas ninguna culpa tenía su mujer, sino él que sabiendo que las mujeres hacían perder su virtud a las cosas no le había dicho que se guardase de ponérsele delante aquel día; de la cual precaución Dios le había privado o porque la suerte no debía ser suya o porque tenía en el ánimo engañar a sus compañeros, a los cuales, cuando se dio cuenta de haberla encontrado debía descubrirla. Y luego de muchas palabras, no sin gran trabajo reconciliando con él a la doliente mujer, y dejándolo melancólico en la casa llena de piedras, se fueron.