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miércoles, 29 de abril de 2015

LA LAGUNA ENCANTADA Tomás Uscanga Constantino

LA LAGUNA ENCANTADA
(LA LAGUNA DE NIXTAMALAPAN)
TOMÁS USCANGA CONSTANTINO
Imagen tomada de Internet

AHÍ LA ve usté, a un ladito del camino a Playa Azul, hundida en un foso como de misterio, ¡amarilla amarilla! Unos dicen que porque la Virgen del Carmen ahí bajaba a lavar su nixtamal, por eso la llaman también laguna de Nixtamalapan; otros dicen que la Virgen venía a bañarse y por eso dejó la laguna toda pintada con el resplandor dorado de su divinidá. Porque eso sí, la ve usté y queda como hechizado, como atontado, por eso dicen que el que la ve una vez tiene que volver a ver. A mí me pasó. `Taba yo chamaco cuando mi difunto apá me llevó montado en su caballo por esos caminos. Se apeó de la bestia, me cargó a pilonchi y me dijo: mira, hijo, esta es la laguna encantada, aquí es donde se viene a bañar la Santísima Virgen, por eso la ves así, tan escondida y tan amarilla. Nunca se te vaya a ocurrir venir aquí solito. Porque esta es un hervidero de chaneques que le cuidan el lugarcito a la Virgen y que, si te descuidas, te atrapan y te pierden pa´ siempre. Me entró un frío en todo el cuerpo y se me enchinó el pellejo del miedo por lo que me dijo mi apá; pero no jue sólo eso, jue que me quedé viendo la laguna y ella solita me espantó, se me clavó en los ojos como una espina desas que cuenta trabajo sacarse del pellejo. Era como una mancha de soledá, rodeada de las sombras del monte, y desde fondo sentí que una voz me llamaba pidiéndome que bajara, que me quedara ahí, porque ese lugar algo tenía que ver con la sustancia de mi interioridá. Mi espanto fue tan fuerte que me agarró obradera y andaba como palo blanco chupado por el nagual. Me tuvieron que llevar con Tío Tabiano pa´que me curara de espanto y él, después de la limpia. Le dio a mi difunta amá las instrucciones de lo que tenía que hacer. Todos los días mi apá me ponía en la frente su paliacate rojo lleno de sudor, y después de una semana mi amá me llevo a la laguna grande, ahí donde forma su desembocadura y se vuelve río; ahí había un puente viejo que hasta miedo daba pararse ahí, parecía que se iba a destartalar… pos ahí me llevó mi amá con una flor roja y me dijo que la tirara mero donde se forma la corriente. La tiré, y vi cómo el remolino le dio vueltas primero y después la jue arrastrando hasta que la perdí de vista. “Ahí se va tu enfermedá, hijo- dijo mi amá- ya estás bueno y sano”.

     Antes de regresar, me quedé viendo la laguna grande, esa inmensidá como de plata, brillante y metálica como lámina de zinc, y volví a sentir la misma voz, el mismo llamado que en la laguna encantada. Mi amá me apretó la mano y regresamos a la casa apurados, porque ella tenía que seguir con su quihacer.

     Ya le digo a usté. Eso me pasó a mí en la laguna encantada; bueno, mejor decir en las lagunas, porque aquí hay varias. Está también, la de Asmolapan, hundida en un foso también, verde como el jade… y todas son encantadas…las ve usté y ahí se queda, como atrapado por una red invisible… y las ve y las ve, y no las quiere usté dejar de ver nunca…


     Después de eso que le cuento a usté que me pasó de chamaco, muchas veces seguí diendo solito a ver las lagunas, principalmente la grande, que yo digo que es como la mera cuna del pueblo. Desde muchacho empecé a perderle el miedo a los chaneques, pero a lo que sí nunca le he perdido el miedo es a la laguna, a esa forma que tiene de mirarme, de llamarme, y yo la sigo y la sigo, y cuando me doy cuenta ya ando perdido quién sabe por dónde. Por eso en mi poco entender, cuando me pongo a cavilar, me digo que los chaneques los trai uno a adentro –bueno, los que somos de aquí- y uno solito se pierde viendo tanta cosa bonita que hay por acá, ¿no cree usté?


OJOXAPAN Y EL OJOCHI, OX O RAMÓN

OJOXAPAN Y EL OJOCHI O RAMÓN
ANTONIO FCO RODRÍGUEZ ALVARADO

Foto de Alma Michelle Mixtega Lucho

     Ojoxapan u Ojochapan. De Oxoxapan a su vez del náhuatl oxox, pretérito de xoxa, hechizar, encantar, observar a alguien + a(tl), agua + pan, en, sobre, encima: “Río encantado”. En caso de ser Ojochapan, el nombre procede del árbol de ojochi + a(tl), agua + pan, en, sobre: “Río de los ojochi”. Localidad a la ribera del lago de Catemaco, a 10 km al E de la cabecera municipal, entre Coyame y Tebanca.



     Ojochi, ojoche, ojite o Ramón. Árbol de la vertiente atlántica de México y Centroamérica, de la familia de las Moráceas (Brosimum alicastrum, Sw.), de hasta 30 m de altura, de corteza lisa y coloración gris tenue, flores de color blanco grisáceo, y frutos globosos amarillos o anaranjados de 15-20 mm con semillas que hervidas o medio sancochadas y endulzadas con miel o a manera de tortillas son comestibles, galactógenas, con sabor parecido a la papa. Los mayas la consumían en tiempo de escasez alimentaria. Su follaje se utiliza como forraje. Se utiliza la madera en la construcción y en muebles. Es conocido también como nazareno. || Según Leovigildo Islas (1961) en algunos lugares del Noroeste, se muele su fruto con el nixtamal para mejorar el sabor y el olor y aumentar las propiedades nutritivas de las tortillas. En el Sureste le dan el nombre maya de ox; en otros lugares, particularmente en el Occidente, apomo o capomo. || En popoluca es llamado mojcújy (palo de ojoche).





     El doctor Alfonso Larqué Saavedra titular del Parque de Investigación Científica de Yucatán y miembro de la Academia Mexicana de Ciencias (AMC) refiere que el árbol ramón florea dos veces al año; las semillas son fuente de alimento de gran número de animales en las selvas, desde murciélagos hasta jabalíes. Las semillas son ricas en fibra, calcio, potasio, ácido fólico, vitaminas A, B y C, así como en triptófano, un relajante natural.
Fotos del árbol tomadas de Internet


     EXTRAÍDO DE MI LIBRO LOS TUXTLAS NOMBRES GEOGRÁFICOS PIPIL, NÁHUATL, TAÍNO Y POPOLUCA.ANALOGÍA CON LA COSMOLOGÍA DE LAS CULTURAS MESOAMERICANAS INCLUYE DICCIONARIO DE LOCALISMOS Y MEXICANISMOS.






sábado, 25 de abril de 2015

COMPADRE ALEGRE Jorge Caretta Salas

COMPADRE  ALEGRE
JORGE CARETTA SALAS
Foto de Internet

     Desde fuera del solar, Aniceto, con voz potente gritó:

     - ¡Buenos días!  ¡Bueeenos días compadres!  ¡Bueeenos días!

     El compadre Aniceto no se desanimó al no escuchar respuesta a su saludo.  Oyó, eso sí, el ladrido  del viejo perro que solo servía para avisar que alguien estaba en el zaguán tratando de que oyeran sus gritos y le abrieran.  - ¡En fin!- Ya era un perro muy viejo, casi ciego. Sus ladridos no amedrentaban ni a las gallinas del corral. Ya se le escuchaban, aún a distancia, el ruido producido en sus cuerdas vocales semejando al “ronquido chillador” en el pecho de un niño asmático.
Imagen Internet

     Aniceto oyó el levantar la aldaba de hierro que “atrancaba”  la puerta de la casa pero tuvo que esperar, paciente,  a que la comadre Chole lo invitara a entrar. Después de todo, Él era un hombre  bien educado, de buenas costumbres y sabía que no podía entrar  a la casa de sus compadres, solo y a esas horas, tan temprano de la mañana, sin comprometer  a su comadre a  los chismes y habladurías de los vecinos.

      -¡Pase, compadre!-  Oyó decir a Chole.  ¡Perdone usted que no vaya rápido  a abrirle la puerta porque estoy atendiendo a su compadre Melesio que se encuentra muy enfermito!  ¡Pase compadrito!   ¡Con confianza!  ¡Ya sabe usted que ésta es su casa! 

     Aniceto  entró a la habitación.  Le llegó a su nariz,  el “tufo” de remedios caseros, de sudor agrio y de comida descompuesta.  -No hizo caso-. Sabía, por boca de su mujer, que su compadre Melesio tenía varios días de estar enfermo de “¿quién sabe qué enfermedad?”  Le habían dicho que ya estaba “en las últimas”, casi entregando el equipo y por lo tanto, acordándose, como buen cristiano, de las obras de misericordia, decidió hacer uso de una de ellas: ¡Visitar a los enfermos!

     La comadre Chole, “hablantina como sólo ella podía serlo”, le dijo:   ¿Por qué no vino la comadre?   Le hubiera dado mucho gusto a mi marido el verla, aunque fuera por última vez.

     - ¡Ay compadrito!-  ¡Qué desgracia!  Ya mi viejo casi ni resuella.  Está muy débil y ya no acepta ni la comida ni los medicamentos que  le recetó el médico.

     Aniceto escuchó tristemente a su comadre.  No creía que estuviera tan grave su compadrito  Melesio, su compañero de juegos, de aventuras, de trabajo y por qué no decirlo, su fiel compañero de parrandas. Miró hacía el camastro de varas donde yacía y se espantó del aspecto físico de su compadrito enfermo. Era el puro esqueleto. Sus ojos semi cerrados parecían huevos cocidos, sin brillo alguno. Lo que sí no pasó inadvertido fueron los ayees que profería el enfermo, lentos, roncos, que hacían, al escucharlos, que se le “enchinara el pellejo”.
Imagen de Internet

     Acompañado de Chole, se acercó hasta el camastro.  El enfermo, como una estatua, tal vez presintió la presencia de ambos., entreabrió más sus ojos y un ronco quejido se escapó de su boca:   ¡Ayyyyy!   ¡Ayyyyy! Trató de mover su cuerpo  pero su esfuerzo fue inútil. Sus labios resecos estaban agrietados. El esfuerzo al tratar de moverlos produjo un hilillo de sangre espesa y renegrida.  Repitió el Ayee, en realidad muy poco audible y dejó a Aniceto confundido, inquieto, incómodo ante los ojos de su comadre Chole.

     Volvió a mirar a su compadre y en ése momento, recordó lo mucho que lo había querido.  Se acordó de  aquellos lejanos días, cuando de niños, jugaban en el recreo, a los encantados, al burro, a la quemada, a las canicas. Cuando se escapaban de la escuela para irse a bañar a las aguas heladas del arroyo y las “chorreras”, a elevar papalotes. Vino a su memoria dejando que apareciera una sonrisa espontánea  en los labios, cuando juntos, enamoraron a sus mujeres, Cuando ya casados, se hicieron compadres “apadrinando a sus primeros hijos”.

     Cómo no recordar sus francachelas en las ferias del pueblo, sus aventuras en las cantinas y sobre todo, cuando juntos se fueron de “mojados” a Texas. ¡Como sufrieron allá!   Cuando se regresaron al pueblo por la nostalgia y porque  la “Migra” los retachó a México.





          Al parecer, los recuerdos aflojaron sus ojos y, al mirar el estado deplorable de su compadre, gruesas lágrimas rodaron de sus mejillas. Se sonó sonoramente la nariz  y. como un estallido en su cerebro, le llegó un deseo,  ¡Que su compadre muriera, si es que iba a morir, gozando!

     Miró al moribundo y le dijo, con voz fuerte y áspera:

     - ¡Melesio! ¡Compadre!  ¡No te estés haciendo pendejo!  ¡Levántate y vámonos a la cantina!  ¡Deja ya la pinche medicina que te está empeorando!  ¡Ya verás que con  unas copas y emborrachándote, te vas a sentir mejor!

     Melesio, agónico, ni lo peló.

     Luego, dirigiéndose  a Chole, su comadre,  le dijo:   - ¡Comadre!-   ¡Vamos a vestir a mi compadre!  Tráigale su ropa nueva  porque  ahorita, “en menos de lo que canta un gallo” vestimos a mi compadre y me lo llevo a la cantina.

     - ¡Está loco compadre!-    ¡Mi viejo está muy malo!  ¡Como se lo quiere llevar a la cantina si apenas puede hablar el pobre!  Dijo Chole, alarmada.
Imagen de Internet

     -¡Usted traiga la ropa!   - ¡Mire!-   ¡Al parecer a mi compadre le gustó la idea pues ya abrió más los ojos!  ¡Ándele coño!   Yo le voy a ayudar a vestirlo.

     Incrédula y no muy convencida,  Chole trajo los pantalones nuevos y la  guayabera que “había mercado” a unos yucatecos en la feria del pueblo. La comadre, con mayor confianza por ser la mujer, le puso los calzoncillos. El enfermo al parecer no oponía ninguna resistencia, solo se le escapaba ocasionalmente un quejido.

     Así, sin grandes esfuerzos, entre los dos lograron ponerle los pantalones y la guayabera pero, al tratar de  calzarle los botines, les dio trabajo. En ése momento de dificultad, oyeron  un prolongado quejido del enfermo y Chole, espantada, le dijo a su compadre:

     -¡Compadre!  ¡Se lo dije!  ¡Mire!  ¡Mi viejo ya no respira!  ¡Ya se nos murió!

     Melesio, asombrado, se percató que efectivamente, su compadre estaba muerto pues ya no respiraba.  Se hizo a un  lado de la cama y Chole, a gritos, llorando le dijo:

      -  ¡Ya se dio cuenta, compadre!-  ¡Por su culpa!   ¡Yo bien se lo decía!  ¡Usted es el culpable!  ¡Pobre de mi viejo!

     Viejo matrero, Aniceto no quería aceptar su culpa y dijo a Chole:

     - ¡Comadre!  ¡Yo no puedo tener la culpa!  ¡Al contrario!  ¡Usted debe estar agradecida!

     - ¡Agradecida de qué compadre!  ¡Ahora sí que me salió “el tiro por la culata”!

     - ¡Pues debe agradecerme lo que hice por mi compadre y por usted! - ¡Mire!-  ¡Ya terminamos de vestirlo!  ¡Se imagina usted que trabajo hubiera costado vestirlo cuando estuviera muerto pues,  todos los muerto “se ponen tiesos”!  ¡Ya ve usted, a mi Compadrito, que aún está “fresquecito” y no se ha “entiesado”, le pudimos poner la ropa con la que lo vamos a velar hoy y lo vamos a enterrar mañana!



 Dr. Jorge Caretta Salas 
Junio diez del dos mil catorce


miércoles, 22 de abril de 2015

CALANDRINO… EL HOMBRE INVISIBLE Giovanni Boccaccio

CALANDRINO… EL HOMBRE INVISIBLE
Octava Jornada - Narración tercera
GIOVANNI BOCCACCIO

Calandrino, Bruno y Buffalmacco van por el Muñone abajo en busca del heliotropo, y Calandrino cree haberlo encontrado; se vuelve a casa cargado de piedras, la mujer le regaña y él, airado, la golpea, y a sus compañeros les cuenta lo que ellos saben mejor que él.
 

Terminada la historia de Pánfilo, con la que las señoras habían reído tanto que todavía se ríen, la reina a Elisa ordenó que siguiese; la cual, todavía riendo, comenzó:

-Yo no sé, amables señoras, si me será dado haceros con una historieta mía no menos verdadera que entretenida reír tanto cuanto os ha hecho Pánfilo con la suya, pero me esforzaré en ello. En nuestra ciudad, que siempre en maneras varias y en gentes extraordinarias ha sido abundante, hubo, no hace todavía mucho tiempo, un pintor llamado Calandrino, hombre simple y de costumbres bizarras, el cual la mayor parte del tiempo con otros dos pintores trataba, llamados el uno Bruno y el otro Buffalmacco, hombres muy bromistas pero por otra parte avisados y sagaces, los cuales trataban con Calandrino porque de sus maneras y de su simpleza con frecuencia gran fiesta hacían.

Había también en Florencia entonces un joven de maravillosa gracia y en todas las cosas que hacer quería hábil y afortunado, llamado Maso del Saggio, el cual, oyendo algunas cosas sobre la simpleza de Calandrino, se propuso divertirse de sus cosas haciéndole alguna burla o haciéndole creer alguna cosa extraordinaria; y por acaso encontrándolo un día en la iglesia de San Giovanni y viéndole estar atento mirando las pinturas y los bajorrelieves del tabernáculo que está sobre el altar de la iglesia, puesto no hacía mucho tiempo allí, pensó que le había llegado lugar y tiempo para su intención. E informando a un compañero suyo de aquello que entendía hacer, juntos se acercaron a donde Calandrino estaba sentado solo, y haciendo semblante de no verlo, juntos comenzaron a razonar sobre las virtudes de diversas piedras, de las que Maso hablaba tan autorizadamente como si hubiera sido un famoso y gran lapidario; a los cuales razonamientos dando oídos Calandrino y luego de un rato poniéndose en pie, viendo que no era secreto, se unió a ellos, lo que mucho agradó a Maso. El cual, siguiendo con sus palabras, fue preguntado por Calandrino que dónde estas piedras tan llenas de virtud se encontraban. Maso repuso que las más se encontraban en Berlinzonia, tierra de los vascos, en una comarca que se llamaba Bengodi en la que las vides se atan con longanizas y se tiene una oca por un dinero y un pato además, y había allí una montaña toda de queso parmesano rallado en lo alto de la que había gentes que nada hacían sino macarrones y raviolis y cocerlos en caldo de capones, y luego los arrojaban desde allí abajo, y quien más cogía más tenía; y allí al lado corría un arroyuelo de vernaza del mejor que puede beberse, sin una gota de agua mezclada.

-¡Oh! -dijo Calandrino-, ése es un buen país; pero dime, ¿qué hacen de los capones que ésos cuecen?

Repuso Maso:

-Todos se los comen los vascos.

Dijo entonces Calandrino:

-¿Has ido allí alguna vez?

A quien Maso respondió:

-¿Dices que si he estado? ¡Sí, así he estado una vez como mil!

Dijo entonces Calandrino:

-¿Y cuántas millas tiene?

-Tiene más de un millón cantando a pleno pulmón

Dijo Calandrino:

-Pues debe ser más allá de los Abruzzos.

-Ah, sí -dijo Maso-, así de nones.

El simple de Calandrino, viendo a Maso decir estas palabras con un rostro serio y sin reírse, les daba la fe que puede darse a la verdad más manifiesta, y por tan ciertas las tenía; y dijo:

-Demasiado lejos está de mis asuntos; pero si más cerca estuviese, sí te digo que iría una vez allí contigo para ver rodar a esos macarrones y darme un hartazgo de ellos. Pero dime, así seas feliz; ¿en estas comarcas no se encuentran ninguna de esas piedras maravillosas?

A quien Maso repuso:

-Si, dos clases de piedras se encuentran de grandísima virtud. La una son los pedruscos de Settignano y de Montisci por virtud de los cuales, cuando se hacen muelas, se hace la harina, y por ello se dice en los países de allá que de Dios vienen las gracias y de Montisci las piedras de molino; pero hay de estas piedras de amolar tan gran cantidad, que entre nosotros es poco apreciada, como entre ellos las esmeraldas, de las cuales hay allí una montaña mayor que Montemorello que relucen a la medianoche y vete con Dios; y sabe que quien puliera las muelas de molino y las hiciera engastar en anillos antes de que se las agujerease, y se las llevase al sultán, tendría lo que quisiera. La otra es una piedra que nosotros los lapidarios llamamos heliotropo, piedra de mucha mayor virtud, porque quien la lleve encima, mientras la tenga no es de ninguna otra persona visto donde no está.

Entonces Calandrino dijo:

-Grandes virtudes son éstas; ¿pero esa segunda dónde se encuentra?

A quien Maso repuso que en el Muñone se solía encontrar. Dijo Calandrino:

-¿De qué tamaño es esa piedra y qué color es el suyo?

Repuso Maso:

-Es de varios tamaños, que alguna es mayor, alguna menor; pero todas son de color casi como negro.

Calandrino, habiendo todas estas cosas advertido para sí, fingiendo tener otra cosa que hacer, se separó de Maso, y se propuso buscar esta piedra; pero deliberó no hacerlo sin que lo supiesen Bruno y Buffalmacco, a quienes especialísimamente amaba. Se dio, pues, a ir en su busca, para que sin dilación y antes de ningún otro fueran a buscarlas, y todo el resto de aquella mañana consumió buscándolos. Por último, siendo ya pasada la hora de nona, acordándose de que trabajaban en el monasterio de las señoras de Faenza, aunque el calor fuese grandísimo, dejando toda otra ocupación, casi corriendo se fue donde ellos, y llamándoles les dijo:

-Compañeros, si queréis creerme podemos convertirnos en los hombres más ricos de Florencia, porque le he oído a un hombre digno de fe que en el Muñone hay una piedra que quien la lleva encima no es visto de nadie; por lo que me parece que sin tardanza, antes que otra persona pueda ir, fuésemos a buscarla. Por cierto que la encontraremos, porque la conozco; y cuando la hayamos encontrado, ¿qué tendremos que hacer sino meterla en la escarcela e ir a las mesas de los cambistas, que sabéis que están siempre cargadas de monedas de plata y de florines, y coger cuantos queramos? Nadie nos verá: y así podremos enriquecernos súbitamente sin tener todo el santo día que embadurnar los muros del modo que lo hace el caracol.

Bruno y Buffalmacco, al oírle, empezaron a reírse por dentro; y mirándose el uno al otro pusieron cara de maravillarse mucho y alabaron la idea de Calandrino; pero preguntó Buffalmacco qué nombre tenía esta piedra. A Calandrino, que era de mollera dura, ya se le había ido el nombre de la cabeza; por lo que respondió:

-¿Qué nos importa el nombre, puesto que sabemos la virtud? Yo diría que fuésemos a buscarla sin más esperar.

-Pero bien -dijo Bruno-, ¿cómo es?

Calandrino dijo:

-Las hay de distintas formas, pero todas son casi negras; por lo que me parece que debemos coger todas aquellas que veamos negras, hasta que lleguemos a ella; así que no perdamos tiempo, vamos.

A quien Bruno dijo:

-Pero espera.

Y vuelto a Buffalmacco dijo:

-A mí me parece que Calandrino dice bien; pero no me parece que sea hora de ello porque el sol está alto y da dentro del Muñone y ha secado todas las piedras; por lo que tales de ellas parecen ahora blancas, algunas que hay allí, que por la mañana, antes de que el sol las haya secado, parecen negras; y además de ello, mucha gente por diversas razones hay hoy, que es día laborable, en el Muñone, que, al vernos, podrían adivinar lo que anduviéramos haciendo y tal vez hacerlo ellos también; y podría venir a sus manos y nosotros habríamos perdido el santo por la limosna. A mí me parece, si os parece a vosotros, que éste es asunto de hacer por la mañana, que se distinguen mejor las negras de las blancas, y en día festivo, que no habrá allí nadie que nos vea.

Buffalmacco alabó la opinión de Bruno, y Calandrino concordó con ellos, y decidieron que el domingo siguiente por la mañana irían los tres juntos a buscar aquella piedra; pero sobre todas las cosas les rogó Calandrino que con nadie en el mundo hablasen de aquello, porque a él se lo habían dicho en secreto. Y hablando esto, les contó lo que había oído de la comarca de Bengodi, con juramentos afirmando que era así. Cuando Calandrino se separó de ellos, lo que sobre este asunto iban a hacer lo arreglaron entre ellos. Calandrino esperó con ansiedad el domingo por la mañana; venida la cual, se levantó al salir el día y, llamando a sus compañeros, saliendo por la puerta de San Gallo y bajando al Muñone, comenzaron a andar por él abajo, buscando piedras. Calandrino iba, como más afanoso, delante y prestamente saltando ora aquí ora allí, donde alguna piedra negra veía se arrojaba y cogiéndola se la metía en el seno. Sus compañeros andaban detrás, y de vez en cuando una u otra cogían; pero Calandrino no había andado mucho camino cuando tuvo el regazo lleno; por lo que, alzándose las faldas del sayo, que no seguía la moda de Hainaut, y haciendo con ellas una amplia halda, habiéndolo sujetado bien con el cinturón por todas partes, no mucho después la llenó y semejantemente, después de algún rato, haciendo halda de la capa, la llenó de piedras. Por lo que, viendo Buffalmacco y Bruno que Calandrino estaba cargado y la hora de comer se avecinaba, según lo establecido entre ellos, dijo Bruno a Buffalmacco:

-¿Dónde está Calandrino?

Buffalmacco, que lo veía allí junto a ellos, volviéndose en torno, y mirando acá y allá, repuso:

-No lo sé, pero hasta hace un momento estaba aquí delante de nosotros.

Dijo Bruno:

-¡Que hace poco! Me parece estar seguro de que ahora está en casa almorzando y nos ha dejado a nosotros en el frenesí de andar buscando las piedras negras por el Muñone abajo.

-¡Ah!, qué bien ha hecho -dijo entonces Buffalmacco-, burlándose de nosotros y dejándonos aquí, ya que hemos sido tan tontos como para creerle. ¿Crees que habría alguien tan tonto como nosotros que hubiera creído que en el Muñone iba a encontrarse una piedra tan milagrosa?

Calandrino, al oír estas palabras, imaginó que aquella piedra había llegado a sus manos y que, por la virtud de ella misma, aunque estuviese él presente no lo veían. Contento, pues, sobremanera de tal suerte, sin decirles nada, pensó en volver a su casa; y volviendo sobre sus pasos, comenzó a irse. Viendo esto, Buffalmacco dijo a Bruno:

-¿Qué hacemos nosotros? ¿Por qué no nos vamos?

A quien Bruno respondió:

-Vámonos; pero juro a Dios que Calandrino no me hace ni una más; y si estuviese junto a él como lo he estado toda la mañana, le daría tal con este guijarro en el calcañar que se acordaría un mes de esta broma.

Y decir estas palabras y estirar el brazo y darle a Calandrino con el guijarro en el calcañar fue todo uno. Calandrino, sintiendo el dolor, levantó el pie y comenzó a resoplar, pero luego se calló y se fue. Buffalmacco, cogiendo uno de los guijos que recogido había, dijo a Bruno:

-¡Ah, mira el guijo: así le diese ahora mismo en los riñones a Calandrino!

Y, soltándolo, le dio con él un gran golpe en los riñones; y en resumen, de tal guisa, ahora con una palabra y ahora con otra, por el Muñone arriba hasta la puerta de San Gallo lo fueron lapidando. Allí, arrojando al suelo las piedras que habían recogido, un tanto se detuvieron con los guardias aduaneros, los cuales, primero informados por ellos, fingiendo no verlo, dejaron pasar a Calandrino con la mayor risa del mundo. El cual, sin pararse se vino a su casa, la cual estaba junto al Canto della Macina; y tan favorable le fue la fortuna a la burla que mientras Calandrino por el río se venía y luego por la ciudad, nadie le dirigió la palabra, ya que encontró a pocos porque todos estaban almorzando. Entró, así pues, Calandrino, tan cargado, en su casa. Estaba por acaso su mujer (que tenía por nombre doña Tessa), mujer hermosa y valerosa, arriba de la escalera, y un tanto enojada por su larga demora, y viéndolo venir comenzó a decirle con reproches:

-¡Ya, hermano, te trae el diablo! Todo el mundo ha comido ya cuando tú vienes a comer.

Lo que oyendo Calandrino y viendo que lo veía, lleno de amargura y de dolor comenzó a gritar:

-¡Ay!, mala mujer, pues eres tú, me has arruinado; pero por Dios que me las pagarás.

Y subiendo a una salita y descargadas allí las muchas piedras que había recogido, furibundo corrió hacia su mujer y, cogiéndola por las trenzas, la tiró al suelo, y allí, cuanto pudo mover los brazos y las piernas tantos puñetazos y patadas le dio por todo el cuerpo, sin dejarle en la cabeza cabello o hueso encima que machacado no estuviese, nada valiéndole pedir merced con los brazos en cruz.

Buffalmacco y Bruno, luego de que con los guardianes de la puerta se hubieron reído un poco, con lento paso comenzaron un poco de lejos a seguir a Calandrino; y llegados junto a su puerta, sintieron la feroz paliza que a su mujer le daba, y fingiendo que llegaban entonces, le llamaron. Calandrino, todo sudado, rojo y cansado, se asomó a la ventana y les rogó que subiesen donde estaba él. Ellos, mostrándose un tanto enfadados, subieron arriba y vieron la sala llena de piedras, y en uno de los rincones a la mujer despeinada, toda lívida y golpeada en la cara, llorar dolorosamente; y por otra parte Calandrino, desceñido y jadeante a guisa de hombre cansado, sentado. Y luego de haber mirado un rato dijeron:

-¿Qué es esto, Calandrino? ¿Quieres hacer un muro, que te vemos con tantas piedras?

Y además de esto, añadieron:

-¿Y doña Tessa qué tiene? Parece que le has pegado; ¿qué novedades son éstas?

Calandrino, cansado por el peso de las piedras y por la rabia con que le había pegado a su mujer, y con el dolor de la fortuna que le parecía haber perdido, no podía reunir aliento para pronunciar enteras las palabras de su respuesta; por lo que, dándole tiempo, Buffalmacco recomenzó:

-Calandrino, si estabas airado por algo, no debías por ello escarnecernos a nosotros; que, luego de que nos indujiste a buscar contigo la piedra preciosa, sin decírselo a Dios ni al diablo nos dejaste como a dos cabrones en el Muñone y te viniste, lo que tenemos por muy gran maldad; pero por cierto que ésta va a ser la postrera que vas a hacernos.

A estas palabras, Calandrino, esforzándose, repuso:

-Compañeros, no os enfurezcáis: las cosas han sido de muy distinto modo del que pensabais. Yo, desventurado, había encontrado aquella piedra; ¿y queréis saber si digo verdad? Cuando primeramente os preguntasteis por mí el uno al otro, yo estaba a menos de diez brazos de vosotros, y viendo que os acercabais y no me veíais, me fui por delante de vosotros, y siguiendo un poco por delante siempre me he venido.

Y empezando por un extremo, hasta el final les contó lo que habían hecho y dicho ellos, y les mostró la espalda y los calcañares cómo los habían aderezado los guijarros, y luego siguió:

-Y os digo que, entrando por la puerta con todas estas piedras en el seno que aquí veis, nada me dijeron (que sabéis cuán desagradables y molestos suelen ser) los guardianes que quieren mirar todo, y además de esto, he encontrado por la calle a muchos de mis compadres y amigos, los cuales siempre suelen dirigirme algún saludo e invitarme a beber, y no hubo ni uno que me dijese media palabra, como quienes no me veían. Al final, llegando aquí a casa, este diablo de esta maldita mujer se me puso delante y me vio, porque, como sabéis, las mujeres hacen perder la virtud a todas las cosas; de lo que yo, que podía decirme el hombre más venturoso de Florencia, he quedado el más desventurado: y por ello le he pegado tanto cuanto he podido mover las manos y no sé qué me detiene en cortarle las venas, ¡que maldita sea la hora en que primero la vi y cuando vino a esta casa!


Y encendiéndose de nuevo en ira, quería levantarse para volver a pegarle de nuevo. Buffalmacco y Bruno, oyendo estas cosas, ponían cara de maravillarse mucho y con frecuencia confirmaban lo que Calandrino decía, y sentían tan grandes ganas de reír que casi estallaban; pero viéndole furioso levantarse para pegar otra vez a su mujer, saliendo a su encuentro lo retuvieron diciéndole que de estas cosas ninguna culpa tenía su mujer, sino él que sabiendo que las mujeres hacían perder su virtud a las cosas no le había dicho que se guardase de ponérsele delante aquel día; de la cual precaución Dios le había privado o porque la suerte no debía ser suya o porque tenía en el ánimo engañar a sus compañeros, a los cuales, cuando se dio cuenta de haberla encontrado debía descubrirla. Y luego de muchas palabras, no sin gran trabajo reconciliando con él a la doliente mujer, y dejándolo melancólico en la casa llena de piedras, se fueron.



EL PARTO DE CALANDRINO Giovanni Boccaccio

EL PARTO DE CALANDRINO
Novena Jornada - Narración tercera
GIOVANNI BOCCACCIO
Foto tomada de Internet

El maestro Simón, a instancias de Bruno y de Buffalmacco y de Nello, hace creer a Calandrino que está preñado, el cual da a los antes dichos capones y dinero para medicinas, y se cura de la preñez sin parir.
 

Después de que Elisa hubo terminado su historia, habiendo dado todos gracias a Dios por haber sacado, con feliz hallazgo, a la joven monja de las fauces de sus envidiosas compañeras, la reina mandó a Filostrato que siguiese; el cual, sin esperar otra orden, comenzó:

-Hermosísimas señoras, el poco pulido juez de las Marcas sobre quien ayer os conté una historia, me quitó de la boca una historia de Calandrino que estaba por deciros; y porque lo que de él se cuente no puede sino multiplicar la diversión, aunque sobre él y sus compañeros ya se haya hablado bastante, os diré, sin embargo, la que ayer tenía en el ánimo.

Ya antes se ha mostrado muy claro quién era Calandrino y los otros de quienes tengo que hablar en esta historia; y por ello, sin decir más, digo que sucedió que una tía de Calandrino murió y le dejo doscientas liras de calderilla contante; por la cual cosa, Calandrino comenzó a decir que quería comprar una posesión, y con cuantos corredores de tierras había en Florencia, como si tuviese para gastar diez mil florines de oro, andaba en tratos, los cuales siempre se estropeaban cuando se llegaba al precio de la posesión deseada.
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Bruno y Buffalmacco, que estas cosas sabían, le habían dicho muchas veces que haría mejor en gastárselos junto con ellos que andar comprando tierras como si hubiera tenido que hacer de destripaterrones, pero no a esto sino ni siquiera a invitarles a comer una vez lo había conducido. Por lo que, quejándose un día de ello y llegando un compañero suyo que tenía por nombre Nello, pintor, deliberaron los tres juntos encontrar la manera de untarse el hocico a costa de Calandrino; y sin tardanza, habiendo decidido entre ellos lo que tenían que hacer, a la mañana siguiente, apostado para ver cuándo salía de casa Calandrino, y no habiendo andado éste casi nada, le salió al encuentro Nello y dijo:

-Buenos días, Calandrino.

Calandrino le contestó que Dios le diese buenos días y buen año. Después de lo cual Nello, parándose un poco, comenzó a mirarle a la cara; a quien Calandrino dijo:

-¿Qué miras?

Y Nello le dijo:

-¿No te ha pasado nada esta noche? No me pareces el mismo.

Calandrino, incontinenti comenzó a sentir temor y dijo:

-¡Ay!, ¿qué te parece que tengo?

Dijo Nello:

-¡Ah!, no lo digo por eso; pero me pareces muy transformado; será otra cosa -y le dejó ir.

Calandrino, todo asustado, pero no sintiendo nada, siguió andando. Pero Buffalmacco, que no estaba lejos, viéndolo ya alejarse de Nello, le salió al encuentro y, saludándole, le preguntó que si le dolía algo. Calandrino repuso:

-No sé, hace un momento me decía Nello que parecía todo transformado; ¿podría ser que me pasase algo?

Dijo Buffalmacco:

-Si, nada podría pasarte, no algo: pareces medio muerto.

A Calandrino ya le parecía tener calentura; y he aquí que Bruno aparece, y antes de decir nada dijo:

-Calandrino, ¿qué cara es ésa? Pareces un muerto; ¿qué te pasa?

Calandrino, al oír a todos éstos hablar así, por ciertísimo tuvo que estaba enfermo, y todo espantado le preguntó:

-¿Qué hago?

Dijo Bruno:

-A mí me parece que te vuelvas a casa y te metas en la cama y que te tapen bien, y que le mandes una muestra al maestro Simón, que es tan íntimo nuestro como sabes. Él te dirá incontinenti lo que tienes que hacer, y nosotros vendremos a verte; y si algo necesitas lo haremos nosotros.

Y uniéndoseles Nello, con Calandrino se volvieron a su casa; y él, entrando todo fatigado en la alcoba, dijo a la mujer:

-Ven y tápame bien, que me siento muy mal.

Y habiéndose acostado, mandó una muestra al maestro Simón por una criadita, el cual entonces estaba en la botica del Mercado Viejo que tiene la enseña del melón. Y Bruno dijo a sus compañeros:

-Vosotros quedaos aquí con él, yo quiero ir a saber qué dice el médico, y si es necesario a traerlo.

Calandrino entonces dijo:

-¡Ah, si, amigo mío, vete y ven a decirme cómo está la cosa, que yo no sé qué siento aquí dentro!

Bruno, yendo a buscar al maestro Simón, allí llegó antes de la criadita que llevaba la muestra, e informó del caso al maestro Simón; por lo que, llegada la criadita y habiendo visto el maestro la muestra, dijo a la criadita:

-Ve y dile a Calandrino que no coja frío e iré en seguida a verle y le diré lo que tiene y lo que tiene que hacer.
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La criadita así se lo dijo; y no había pasado mucho tiempo cuando el médico y Bruno vinieron, y sentándose al lado del médico, comenzó a tomarle el pulso, y, luego de un poco, estando allí presente su mujer, dijo:

-Mira, Calandrino, hablándote como a amigo, no tienes otro mal sino que estás preñado.

Cuando Calandrino oyó esto, dolorosamente comenzó a gritar y a decir:

-¡Ay! Tessa, esto es culpa tuya, que no quieres sino subirte encima; ¡ya te lo decía yo!

La mujer, que muy honesta persona era, oyendo decir tal cosa al marido, toda enrojeció de vergüenza, y bajando la frente sin responder palabra salió de la alcoba. Calandrino, continuando con su quejumbre, decía:

-¡Ay, desdichado de mí, ¿qué haré?, ¿cómo pariré este hijo? ¿Por dónde saldrá? Bien me veo muerto por la lujuria de esta mujer mía, que tan desdichada la haga Dios como yo quiero ser feliz; pero si estuviese sano como no lo estoy, me levantaría y le daría tantos golpes que la haría pedazos, aunque muy bien me está, que nunca debía haberla dejado subirse encima; pero por cierto que si salgo de ésta antes se podrá morir de las ganas.

Bruno y Buffalmacco y Nello tenían tantas ganas de reír que estallaban al oír las palabras de Calandrino, pero se aguantaban; pero el maestro Simón se reía tan descuajaringadamente que se le podrían haber sacado todos los dientes. Pero, por fin, poniéndose Calandrino en manos del médico y rogándole que en esto le diese consejo y ayuda, le dijo el maestro:

-Calandrino, no quiero que te aterrorices, que, alabado sea Dios, nos hemos dado cuenta del caso tan pronto que con poco trabajo y en pocos días te curaré; pero hay que gastar un poco.

Dijo Calandrino:

-¡Ay!, maestro mío, sí, por amor de Dios; tengo aquí cerca de doscientas liras con las que quería comprar una buena posesión: si se necesitan todas, cogedlas todas, con tal de que no tenga que parir, que no sé qué iba a ser de mí, que oigo a las mujeres armar tanto alboroto cuando están pariendo, aunque tengan un tal bien grande para hacerlo, que creo que si yo sintiera ese dolor me moriría antes de parir.

Dijo el médico:

-No pienses en eso: te haré hacer cierta bebida destilada muy buena y muy agradable de beber que, en tres mañanas, resolverá todas las cosas y te quedarás más fresco que un pez; pero luego tendrás que ser prudente y no te obstines en estas necedades más. Ahora se necesitan para esa agua tres pares de buenos y gordos capones, y para otras cosas que hacen falta le darás a uno de éstos cinco liras de calderilla para que las compre, y harás que todo me lo lleven a la botica; y yo, en nombre de Dios, mañana te mandaré ese brebaje destilado, y comenzarás a beberlo un vaso grande de cada vez.

Calandrino, oído esto, dijo:

-Maestro mío, lo que digáis.

Y dando cinco liras a Bruno y dineros para tres pares de capones le rogó que en su servicio se tomase el trabajo de estas cosas. El médico, yéndose, le hizo hacer un poco de jarabe y se lo mandó. Bruno, comprados los capones y otras cosas necesarias para pasarlo bien, junto con el médico y con sus compañeros se los comió. Calandrino bebió jarabe tres mañanas; y el médico vino a verle y sus compañeros y, tomándole el pulso, le dijo:

-Calandrino, estás curado sin duda, así que con tranquilidad vete ya a tus asuntos, y no es cosa de quedarte más en casa.
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Calandrino, contento, se levantó y se fue a sus asuntos, alabando mucho, dondequiera que se paraba a hablar con una persona, la buena cura que le había hecho el maestro Simón, haciéndole abortar en tres días sin ningún dolor; y Bruno y Buffalmacco y Nello se quedaron contentos por haber sabido, con ingenio, burlar la avaricia de Calandrino, aunque doña Tessa, apercibiéndose, mucho con su marido rezongase.



METER EL DIABLO EN EL INFIERNO Giovanni Boccaccio

METER EL DIABLO EN EL INFIERNO
Tercera Jornada - Narración décima
GIOVANNI BOCCACCIO

En la ciudad de Cafsa, en Berbería, hubo hace tiempo un hombre riquísimo que, entre otros hijos, tenía una hijita hermosa y donosa cuyo nombre era Alibech; la cual, no siendo cristiana y oyendo a muchos cristianos que en la ciudad había alabar mucho la fe cristiana y el servicio de Dios, un día preguntó a uno de ellos en qué materia y con menos impedimentos pudiese servir a Dios. El cual le repuso que servían mejor a Dios aquellos que más huían de las cosas del mundo, como hacían quienes en las soledades de los desiertos de la Tebaida se habían retirado. La joven, que simplicísima era y de edad de unos catorce años, no por consciente deseo sino por un impulso pueril, sin decir nada a nadie, a la mañana siguiente hacia el desierto de Tebaida, ocultamente, sola, se encaminó; y con gran trabajo suyo, continuando sus deseos, después de algunos días a aquellas soledades llegó, y vista desde lejos una casita, se fue a ella, donde a un santo varón encontró en la puerta, el cual, maravillándose de verla allí, le preguntó qué es lo que andaba buscando. La cual repuso que, inspirada por Dios, estaba buscando ponerse a su servicio, y también quién le enseñara cómo se le debía servir. El honrado varón, viéndola joven y muy hermosa, temiendo que el demonio, si la retenía, lo engañara, le alabó su buena disposición y, dándole de comer algunas raíces de hierbas y frutas silvestres y dátiles, y agua a beber, le dijo:
-Hija mía, no muy lejos de aquí hay un santo varón que en lo que vas buscando es mucho mejor maestro de lo que soy yo: irás a él.

Y le enseñó el camino; y ella, llegada a él y oídas de éste estas mismas palabras, yendo más adelante, llegó a la celda de un ermitaño joven, muy devota persona y bueno, cuyo nombre era Rústico, y la petición le hizo que a los otros les había hecho. El cual, por querer poner su firmeza a una fuerte prueba, no como los demás la mandó irse, o seguir más adelante, sino que la retuvo en su celda; y llegada la noche, una yacija de hojas de palmera le hizo en un lugar, y sobre ella le dijo que se acostase. Hecho esto, no tardaron nada las tentaciones en luchar contra las fuerzas de éste, el cual, encontrándose muy engañado sobre ellas, sin demasiados asaltos volvió las espaldas y se entregó como vencido; y dejando a un lado los pensamientos santos y las oraciones y las disciplinas, a traerse a la memoria la juventud y la hermosura de ésta comenzó, y además de esto, a pensar en qué vía y en qué modo debiese comportarse con ella, para que no se apercibiese que él, como hombre disoluto, quería llegar a aquello que deseaba de ella.

Y probando primero con ciertas preguntas que no había nunca conocido a hombre averiguó, y que tan simple era como parecía, por lo que pensó cómo, bajo especie de servir a Dios, debía traerla a su voluntad. Y primeramente con muchas palabras le mostró cuán enemigo de Nuestro Señor era el diablo, y luego le dio a entender que el servicio que más grato podía ser a Dios era meter al demonio en el infierno, adonde Nuestro Señor lo había condenado. La jovencita le preguntó cómo se hacía aquello; Rústico le dijo:

-Pronto lo sabrás, y para ello harás lo que a mí me veas hacer. Y empezó a desnudarse de los pocos vestidos que tenía, y se quedó completamente desnudo, y lo mismo hizo la muchacha; y se puso de rodillas a guisa de quien rezar quisiese y contra él la hizo ponerse a ella. Y estando así, sintiéndose Rústico más que nunca inflamado en su deseo al verla tan hermosa, sucedió la resurrección de la carne; y mirándola Alibech, y maravillándose, dijo:

-Rústico, ¿qué es esa cosa que te veo que así se te sale hacia afuera y yo no la tengo?

-Oh, hija mía -dijo Rústico-, es el diablo de que te he hablado; ya ves, me causa grandísima molestia, tanto que apenas puedo soportarlo.

Entonces dijo la joven:

-Oh, alabado sea Dios, que veo que estoy mejor que tú, que no tengo yo ese diablo.

Dijo Rústico:

-Dices bien, pero tienes otra cosa que yo no tengo, y la tienes en lugar de esto.

Dijo Alibech:

-¿El qué?

Rústico le dijo:

-Tienes el infierno, y te digo que creo que Dios te haya mandado aquí para la salvación de mi alma, porque si ese diablo me va a dar este tormento, si tú quieres tener de mí tanta piedad y sufrir que lo meta en el infierno, me darás a mí grandísimo consuelo y darás a Dios gran placer y servicio, si para ello has venido a estos lugares, como dices.

La joven, de buena fe, repuso:

-Oh, padre mío, puesto que yo tengo el infierno, sea como queréis.

Dijo entonces Rústico:

-Hija mía, bendita seas. Vamos y metámoslo, que luego me deje estar tranquilo.

Y dicho esto, llevada la joven encima de una de sus yacijas, le enseñó cómo debía ponerse para poder encarcelar a aquel maldito de Dios. La joven, que nunca había puesto en el infierno a ningún diablo, la primera vez sintió un poco de dolor, por lo que dijo a Rústico:

-Por cierto, padre mío, mala cosa debe ser este diablo, y verdaderamente enemigo de Dios, que aun en el infierno, y no en otra parte, duele cuando se mete dentro.

Dijo Rústico:

-Hija, no sucederá siempre así.

Y para hacer que aquello no sucediese, seis veces antes de que se moviesen de la yacija lo metieron allí, tanto que por aquella vez le arrancaron tan bien la soberbia de la cabeza que de buena gana se quedó tranquilo. Pero volviéndole luego muchas veces en el tiempo que siguió, y disponiéndose la joven siempre obediente a quitársela, sucedió que el juego comenzó a gustarle, y comenzó a decir a Rústico:

-Bien veo que la verdad decían aquellos sabios hombres de Cafsa, que el servir a Dios era cosa tan dulce; y en verdad no recuerdo que nunca cosa alguna hiciera yo que tanto deleite y placer me diese como es el meter al diablo en el infierno; y por ello me parece que cualquier persona que en otra cosa que en servir a Dios se ocupa es un animal.

Por la cual cosa, muchas veces iba a Rústico y le decía:

-Padre mío, yo he venido aquí para servir a Dios, y no para estar ociosa; vamos a meter el diablo en el infierno.

Haciendo lo cual, decía alguna vez:

-Rústico, no sé por qué el diablo se escapa del infierno; que si estuviera allí de tan buena gana como el infierno lo recibe y lo tiene, no se saldría nunca.

Así, tan frecuentemente invitando la joven a Rústico y consolándolo al servicio de Dios, tanto le había quitado la lana del jubón que en tales ocasiones sentía frío en que otro hubiera sudado; y por ello comenzó a decir a la joven que al diablo no había que castigarlo y meterlo en el infierno más que cuando él, por soberbia, levantase la cabeza:

-Y nosotros, por la gracia de Dios, tanto lo hemos desganado, que ruega a Dios quedarse en paz.

Y así impuso algún silencio a la joven, la cual, después de que vio que Rústico no le pedía más meter el diablo en el infierno, le dijo un día:

-Rústico, si tu diablo está castigado y ya no te molesta, a mí mi infierno no me deja tranquila; por lo que bien harás si con tu diablo me ayudas a calmar la rabia de mi infierno, como yo con mi infierno te he ayudado a quitarle la soberbia a tu diablo.

Rústico, que de raíces de hierbas y agua vivía, mal podía responder a los envites; y le dijo que muchos diablos querrían poder tranquilizar al infierno, pero que él haría lo que pudiese; y así alguna vez la satisfacía, pero era tan raramente que no era sino arrojar un haba en la boca de un león; de lo que la joven, no pareciéndole servir a Dios cuanto quería, mucho rezongaba. Pero mientras que entre el diablo de Rústico y el infierno de Alibech había, por el demasiado deseo y por el menor poder, esta cuestión, sucedió que hubo un fuego en Cafsa en el que en la propia casa ardió el padre de Alibech con cuántos hijos y demás familia tenía; por la cual cosa Alibech de todos sus bienes quedó heredera. Por lo que un joven llamado Neerbale, habiendo en magnificencias gastado todos sus haberes, oyendo que ésta estaba viva, poniéndose a buscarla y encontrándola antes de que el fisco se apropiase de los bienes que habían sido del padre, como de hombre muerto sin herederos, con gran placer de Rústico y contra la voluntad de ella, la volvió a llevar a Cafsa y la tomó por mujer, y con ella de su gran patrimonio fue heredero. Pero preguntándole las mujeres que en qué servía a Dios en el desierto, no habiéndose todavía Neerbale acostado con ella, repuso que le servía metiendo al diablo en el infierno y que Neerbale había cometido un gran pecado con haberla arrancado a tal servicio. Las mujeres preguntaron:

-¿Cómo se mete al diablo en el infierno?

La joven, entre palabras y gestos, se los mostró; de lo que tanto se rieron que todavía se ríen, y dijeron:

-No estés triste, hija, no, que eso también se hace bien aquí, Neerbale bien servirá contigo a Dios Nuestro Señor en eso.


Luego, diciéndoselo una a otra por toda la ciudad, hicieron famoso el dicho de que el más agradable servicio que a Dios pudiera hacerse era meter al diablo en el infierno; el cual dicho, pasado a este lado del mar, todavía se oye. Y por ello vosotras, jóvenes damas, que necesitáis la gracia de Dios, aprended a meter al diablo en el infierno, porque ello es cosa muy grata a Dios y agradable para las partes, y mucho bien puede nacer de ello y seguirse.