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miércoles, 22 de abril de 2015

CALANDRINO… EL HOMBRE INVISIBLE Giovanni Boccaccio

CALANDRINO… EL HOMBRE INVISIBLE
Octava Jornada - Narración tercera
GIOVANNI BOCCACCIO

Calandrino, Bruno y Buffalmacco van por el Muñone abajo en busca del heliotropo, y Calandrino cree haberlo encontrado; se vuelve a casa cargado de piedras, la mujer le regaña y él, airado, la golpea, y a sus compañeros les cuenta lo que ellos saben mejor que él.
 

Terminada la historia de Pánfilo, con la que las señoras habían reído tanto que todavía se ríen, la reina a Elisa ordenó que siguiese; la cual, todavía riendo, comenzó:

-Yo no sé, amables señoras, si me será dado haceros con una historieta mía no menos verdadera que entretenida reír tanto cuanto os ha hecho Pánfilo con la suya, pero me esforzaré en ello. En nuestra ciudad, que siempre en maneras varias y en gentes extraordinarias ha sido abundante, hubo, no hace todavía mucho tiempo, un pintor llamado Calandrino, hombre simple y de costumbres bizarras, el cual la mayor parte del tiempo con otros dos pintores trataba, llamados el uno Bruno y el otro Buffalmacco, hombres muy bromistas pero por otra parte avisados y sagaces, los cuales trataban con Calandrino porque de sus maneras y de su simpleza con frecuencia gran fiesta hacían.

Había también en Florencia entonces un joven de maravillosa gracia y en todas las cosas que hacer quería hábil y afortunado, llamado Maso del Saggio, el cual, oyendo algunas cosas sobre la simpleza de Calandrino, se propuso divertirse de sus cosas haciéndole alguna burla o haciéndole creer alguna cosa extraordinaria; y por acaso encontrándolo un día en la iglesia de San Giovanni y viéndole estar atento mirando las pinturas y los bajorrelieves del tabernáculo que está sobre el altar de la iglesia, puesto no hacía mucho tiempo allí, pensó que le había llegado lugar y tiempo para su intención. E informando a un compañero suyo de aquello que entendía hacer, juntos se acercaron a donde Calandrino estaba sentado solo, y haciendo semblante de no verlo, juntos comenzaron a razonar sobre las virtudes de diversas piedras, de las que Maso hablaba tan autorizadamente como si hubiera sido un famoso y gran lapidario; a los cuales razonamientos dando oídos Calandrino y luego de un rato poniéndose en pie, viendo que no era secreto, se unió a ellos, lo que mucho agradó a Maso. El cual, siguiendo con sus palabras, fue preguntado por Calandrino que dónde estas piedras tan llenas de virtud se encontraban. Maso repuso que las más se encontraban en Berlinzonia, tierra de los vascos, en una comarca que se llamaba Bengodi en la que las vides se atan con longanizas y se tiene una oca por un dinero y un pato además, y había allí una montaña toda de queso parmesano rallado en lo alto de la que había gentes que nada hacían sino macarrones y raviolis y cocerlos en caldo de capones, y luego los arrojaban desde allí abajo, y quien más cogía más tenía; y allí al lado corría un arroyuelo de vernaza del mejor que puede beberse, sin una gota de agua mezclada.

-¡Oh! -dijo Calandrino-, ése es un buen país; pero dime, ¿qué hacen de los capones que ésos cuecen?

Repuso Maso:

-Todos se los comen los vascos.

Dijo entonces Calandrino:

-¿Has ido allí alguna vez?

A quien Maso respondió:

-¿Dices que si he estado? ¡Sí, así he estado una vez como mil!

Dijo entonces Calandrino:

-¿Y cuántas millas tiene?

-Tiene más de un millón cantando a pleno pulmón

Dijo Calandrino:

-Pues debe ser más allá de los Abruzzos.

-Ah, sí -dijo Maso-, así de nones.

El simple de Calandrino, viendo a Maso decir estas palabras con un rostro serio y sin reírse, les daba la fe que puede darse a la verdad más manifiesta, y por tan ciertas las tenía; y dijo:

-Demasiado lejos está de mis asuntos; pero si más cerca estuviese, sí te digo que iría una vez allí contigo para ver rodar a esos macarrones y darme un hartazgo de ellos. Pero dime, así seas feliz; ¿en estas comarcas no se encuentran ninguna de esas piedras maravillosas?

A quien Maso repuso:

-Si, dos clases de piedras se encuentran de grandísima virtud. La una son los pedruscos de Settignano y de Montisci por virtud de los cuales, cuando se hacen muelas, se hace la harina, y por ello se dice en los países de allá que de Dios vienen las gracias y de Montisci las piedras de molino; pero hay de estas piedras de amolar tan gran cantidad, que entre nosotros es poco apreciada, como entre ellos las esmeraldas, de las cuales hay allí una montaña mayor que Montemorello que relucen a la medianoche y vete con Dios; y sabe que quien puliera las muelas de molino y las hiciera engastar en anillos antes de que se las agujerease, y se las llevase al sultán, tendría lo que quisiera. La otra es una piedra que nosotros los lapidarios llamamos heliotropo, piedra de mucha mayor virtud, porque quien la lleve encima, mientras la tenga no es de ninguna otra persona visto donde no está.

Entonces Calandrino dijo:

-Grandes virtudes son éstas; ¿pero esa segunda dónde se encuentra?

A quien Maso repuso que en el Muñone se solía encontrar. Dijo Calandrino:

-¿De qué tamaño es esa piedra y qué color es el suyo?

Repuso Maso:

-Es de varios tamaños, que alguna es mayor, alguna menor; pero todas son de color casi como negro.

Calandrino, habiendo todas estas cosas advertido para sí, fingiendo tener otra cosa que hacer, se separó de Maso, y se propuso buscar esta piedra; pero deliberó no hacerlo sin que lo supiesen Bruno y Buffalmacco, a quienes especialísimamente amaba. Se dio, pues, a ir en su busca, para que sin dilación y antes de ningún otro fueran a buscarlas, y todo el resto de aquella mañana consumió buscándolos. Por último, siendo ya pasada la hora de nona, acordándose de que trabajaban en el monasterio de las señoras de Faenza, aunque el calor fuese grandísimo, dejando toda otra ocupación, casi corriendo se fue donde ellos, y llamándoles les dijo:

-Compañeros, si queréis creerme podemos convertirnos en los hombres más ricos de Florencia, porque le he oído a un hombre digno de fe que en el Muñone hay una piedra que quien la lleva encima no es visto de nadie; por lo que me parece que sin tardanza, antes que otra persona pueda ir, fuésemos a buscarla. Por cierto que la encontraremos, porque la conozco; y cuando la hayamos encontrado, ¿qué tendremos que hacer sino meterla en la escarcela e ir a las mesas de los cambistas, que sabéis que están siempre cargadas de monedas de plata y de florines, y coger cuantos queramos? Nadie nos verá: y así podremos enriquecernos súbitamente sin tener todo el santo día que embadurnar los muros del modo que lo hace el caracol.

Bruno y Buffalmacco, al oírle, empezaron a reírse por dentro; y mirándose el uno al otro pusieron cara de maravillarse mucho y alabaron la idea de Calandrino; pero preguntó Buffalmacco qué nombre tenía esta piedra. A Calandrino, que era de mollera dura, ya se le había ido el nombre de la cabeza; por lo que respondió:

-¿Qué nos importa el nombre, puesto que sabemos la virtud? Yo diría que fuésemos a buscarla sin más esperar.

-Pero bien -dijo Bruno-, ¿cómo es?

Calandrino dijo:

-Las hay de distintas formas, pero todas son casi negras; por lo que me parece que debemos coger todas aquellas que veamos negras, hasta que lleguemos a ella; así que no perdamos tiempo, vamos.

A quien Bruno dijo:

-Pero espera.

Y vuelto a Buffalmacco dijo:

-A mí me parece que Calandrino dice bien; pero no me parece que sea hora de ello porque el sol está alto y da dentro del Muñone y ha secado todas las piedras; por lo que tales de ellas parecen ahora blancas, algunas que hay allí, que por la mañana, antes de que el sol las haya secado, parecen negras; y además de ello, mucha gente por diversas razones hay hoy, que es día laborable, en el Muñone, que, al vernos, podrían adivinar lo que anduviéramos haciendo y tal vez hacerlo ellos también; y podría venir a sus manos y nosotros habríamos perdido el santo por la limosna. A mí me parece, si os parece a vosotros, que éste es asunto de hacer por la mañana, que se distinguen mejor las negras de las blancas, y en día festivo, que no habrá allí nadie que nos vea.

Buffalmacco alabó la opinión de Bruno, y Calandrino concordó con ellos, y decidieron que el domingo siguiente por la mañana irían los tres juntos a buscar aquella piedra; pero sobre todas las cosas les rogó Calandrino que con nadie en el mundo hablasen de aquello, porque a él se lo habían dicho en secreto. Y hablando esto, les contó lo que había oído de la comarca de Bengodi, con juramentos afirmando que era así. Cuando Calandrino se separó de ellos, lo que sobre este asunto iban a hacer lo arreglaron entre ellos. Calandrino esperó con ansiedad el domingo por la mañana; venida la cual, se levantó al salir el día y, llamando a sus compañeros, saliendo por la puerta de San Gallo y bajando al Muñone, comenzaron a andar por él abajo, buscando piedras. Calandrino iba, como más afanoso, delante y prestamente saltando ora aquí ora allí, donde alguna piedra negra veía se arrojaba y cogiéndola se la metía en el seno. Sus compañeros andaban detrás, y de vez en cuando una u otra cogían; pero Calandrino no había andado mucho camino cuando tuvo el regazo lleno; por lo que, alzándose las faldas del sayo, que no seguía la moda de Hainaut, y haciendo con ellas una amplia halda, habiéndolo sujetado bien con el cinturón por todas partes, no mucho después la llenó y semejantemente, después de algún rato, haciendo halda de la capa, la llenó de piedras. Por lo que, viendo Buffalmacco y Bruno que Calandrino estaba cargado y la hora de comer se avecinaba, según lo establecido entre ellos, dijo Bruno a Buffalmacco:

-¿Dónde está Calandrino?

Buffalmacco, que lo veía allí junto a ellos, volviéndose en torno, y mirando acá y allá, repuso:

-No lo sé, pero hasta hace un momento estaba aquí delante de nosotros.

Dijo Bruno:

-¡Que hace poco! Me parece estar seguro de que ahora está en casa almorzando y nos ha dejado a nosotros en el frenesí de andar buscando las piedras negras por el Muñone abajo.

-¡Ah!, qué bien ha hecho -dijo entonces Buffalmacco-, burlándose de nosotros y dejándonos aquí, ya que hemos sido tan tontos como para creerle. ¿Crees que habría alguien tan tonto como nosotros que hubiera creído que en el Muñone iba a encontrarse una piedra tan milagrosa?

Calandrino, al oír estas palabras, imaginó que aquella piedra había llegado a sus manos y que, por la virtud de ella misma, aunque estuviese él presente no lo veían. Contento, pues, sobremanera de tal suerte, sin decirles nada, pensó en volver a su casa; y volviendo sobre sus pasos, comenzó a irse. Viendo esto, Buffalmacco dijo a Bruno:

-¿Qué hacemos nosotros? ¿Por qué no nos vamos?

A quien Bruno respondió:

-Vámonos; pero juro a Dios que Calandrino no me hace ni una más; y si estuviese junto a él como lo he estado toda la mañana, le daría tal con este guijarro en el calcañar que se acordaría un mes de esta broma.

Y decir estas palabras y estirar el brazo y darle a Calandrino con el guijarro en el calcañar fue todo uno. Calandrino, sintiendo el dolor, levantó el pie y comenzó a resoplar, pero luego se calló y se fue. Buffalmacco, cogiendo uno de los guijos que recogido había, dijo a Bruno:

-¡Ah, mira el guijo: así le diese ahora mismo en los riñones a Calandrino!

Y, soltándolo, le dio con él un gran golpe en los riñones; y en resumen, de tal guisa, ahora con una palabra y ahora con otra, por el Muñone arriba hasta la puerta de San Gallo lo fueron lapidando. Allí, arrojando al suelo las piedras que habían recogido, un tanto se detuvieron con los guardias aduaneros, los cuales, primero informados por ellos, fingiendo no verlo, dejaron pasar a Calandrino con la mayor risa del mundo. El cual, sin pararse se vino a su casa, la cual estaba junto al Canto della Macina; y tan favorable le fue la fortuna a la burla que mientras Calandrino por el río se venía y luego por la ciudad, nadie le dirigió la palabra, ya que encontró a pocos porque todos estaban almorzando. Entró, así pues, Calandrino, tan cargado, en su casa. Estaba por acaso su mujer (que tenía por nombre doña Tessa), mujer hermosa y valerosa, arriba de la escalera, y un tanto enojada por su larga demora, y viéndolo venir comenzó a decirle con reproches:

-¡Ya, hermano, te trae el diablo! Todo el mundo ha comido ya cuando tú vienes a comer.

Lo que oyendo Calandrino y viendo que lo veía, lleno de amargura y de dolor comenzó a gritar:

-¡Ay!, mala mujer, pues eres tú, me has arruinado; pero por Dios que me las pagarás.

Y subiendo a una salita y descargadas allí las muchas piedras que había recogido, furibundo corrió hacia su mujer y, cogiéndola por las trenzas, la tiró al suelo, y allí, cuanto pudo mover los brazos y las piernas tantos puñetazos y patadas le dio por todo el cuerpo, sin dejarle en la cabeza cabello o hueso encima que machacado no estuviese, nada valiéndole pedir merced con los brazos en cruz.

Buffalmacco y Bruno, luego de que con los guardianes de la puerta se hubieron reído un poco, con lento paso comenzaron un poco de lejos a seguir a Calandrino; y llegados junto a su puerta, sintieron la feroz paliza que a su mujer le daba, y fingiendo que llegaban entonces, le llamaron. Calandrino, todo sudado, rojo y cansado, se asomó a la ventana y les rogó que subiesen donde estaba él. Ellos, mostrándose un tanto enfadados, subieron arriba y vieron la sala llena de piedras, y en uno de los rincones a la mujer despeinada, toda lívida y golpeada en la cara, llorar dolorosamente; y por otra parte Calandrino, desceñido y jadeante a guisa de hombre cansado, sentado. Y luego de haber mirado un rato dijeron:

-¿Qué es esto, Calandrino? ¿Quieres hacer un muro, que te vemos con tantas piedras?

Y además de esto, añadieron:

-¿Y doña Tessa qué tiene? Parece que le has pegado; ¿qué novedades son éstas?

Calandrino, cansado por el peso de las piedras y por la rabia con que le había pegado a su mujer, y con el dolor de la fortuna que le parecía haber perdido, no podía reunir aliento para pronunciar enteras las palabras de su respuesta; por lo que, dándole tiempo, Buffalmacco recomenzó:

-Calandrino, si estabas airado por algo, no debías por ello escarnecernos a nosotros; que, luego de que nos indujiste a buscar contigo la piedra preciosa, sin decírselo a Dios ni al diablo nos dejaste como a dos cabrones en el Muñone y te viniste, lo que tenemos por muy gran maldad; pero por cierto que ésta va a ser la postrera que vas a hacernos.

A estas palabras, Calandrino, esforzándose, repuso:

-Compañeros, no os enfurezcáis: las cosas han sido de muy distinto modo del que pensabais. Yo, desventurado, había encontrado aquella piedra; ¿y queréis saber si digo verdad? Cuando primeramente os preguntasteis por mí el uno al otro, yo estaba a menos de diez brazos de vosotros, y viendo que os acercabais y no me veíais, me fui por delante de vosotros, y siguiendo un poco por delante siempre me he venido.

Y empezando por un extremo, hasta el final les contó lo que habían hecho y dicho ellos, y les mostró la espalda y los calcañares cómo los habían aderezado los guijarros, y luego siguió:

-Y os digo que, entrando por la puerta con todas estas piedras en el seno que aquí veis, nada me dijeron (que sabéis cuán desagradables y molestos suelen ser) los guardianes que quieren mirar todo, y además de esto, he encontrado por la calle a muchos de mis compadres y amigos, los cuales siempre suelen dirigirme algún saludo e invitarme a beber, y no hubo ni uno que me dijese media palabra, como quienes no me veían. Al final, llegando aquí a casa, este diablo de esta maldita mujer se me puso delante y me vio, porque, como sabéis, las mujeres hacen perder la virtud a todas las cosas; de lo que yo, que podía decirme el hombre más venturoso de Florencia, he quedado el más desventurado: y por ello le he pegado tanto cuanto he podido mover las manos y no sé qué me detiene en cortarle las venas, ¡que maldita sea la hora en que primero la vi y cuando vino a esta casa!


Y encendiéndose de nuevo en ira, quería levantarse para volver a pegarle de nuevo. Buffalmacco y Bruno, oyendo estas cosas, ponían cara de maravillarse mucho y con frecuencia confirmaban lo que Calandrino decía, y sentían tan grandes ganas de reír que casi estallaban; pero viéndole furioso levantarse para pegar otra vez a su mujer, saliendo a su encuentro lo retuvieron diciéndole que de estas cosas ninguna culpa tenía su mujer, sino él que sabiendo que las mujeres hacían perder su virtud a las cosas no le había dicho que se guardase de ponérsele delante aquel día; de la cual precaución Dios le había privado o porque la suerte no debía ser suya o porque tenía en el ánimo engañar a sus compañeros, a los cuales, cuando se dio cuenta de haberla encontrado debía descubrirla. Y luego de muchas palabras, no sin gran trabajo reconciliando con él a la doliente mujer, y dejándolo melancólico en la casa llena de piedras, se fueron.



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